José Cercas

Quizá el silencio
no sea la ausencia de la palabra,
sino el lugar donde permanece
todo aquello que nunca supimos decir.

LA PALABRA LIBRE
TRIBUNA DE OPINIÓN 11 DE OCTUBRE DE 2026
LOS QUE SE CREEN DUEÑOS DE ESPAÑA

Hay una derecha española que habla de España como si España fuera una herencia recibida en exclusiva. La pronuncia con solemnidad, la envuelve en banderas, la coloca en los balcones y parece olvidar, algunas veces, que un país no pertenece más a quien más veces pronuncia su nombre.
España no es una propiedad ideológica.. No pertenece a la derecha ni a la izquierda. Pertenece a quienes viven en ella, a quienes trabajan, discrepan, emigran, regresan, llegan desde otros lugares, educan a sus hijos o sencillamente intentan construir aquí una vida digna.
Me preocupa esa tentación, presente en determinados discursos políticos, de repartir certificados de españolidad Como si existieran españoles verdaderos y españoles bajo sospecha. Como si pensar de manera diferente disminuyera nuestro derecho a sentirnos parte de un mismo país.
La patria, si la palabra todavía significa algo, debería ser precisamente lo contrario: el espacio común donde las diferencias puedan convivir sin necesidad de destruirse.
También me inquieta cierta nostalgia de un pasado que nunca fue tan limpio ni tan glorioso como algunas veces se pretende. La historia española contiene grandezas, desde luego, pero también hambre, exilios, desigualdades, guerras, silencios y heridas.
Amar un país no consiste en corregir su memoria hasta que nos guste.
Quizá consista precisamente en conocer sus páginas incómodas para procurar no escribirlas de nuevo.
Y aquí aparece una paradoja que merece pensarse: quienes más hablan de conservar España deberían preguntarse qué España desean conservar
Porque España también es la escuela de un pueblo, el consultorio médico de una comarca, el tren que comunica una provincia olvidada, el agricultor que intenta continuar trabajando su tierra, la mujer que cuida a un anciano, el joven que necesita marcharse porque no encuentra futuro y el emigrante que regresa muchos años después buscando el paisaje donde comenzó su memoria.

España también son sus periferias.
También Extremadura.

También los pueblos pequeños que desaparecen lentamente mientras en los grandes discursos se pronuncian palabras enormes.
Hay una España que apenas aparece en los discursos porque está demasiado ocupada viviendo.
Defender una nación debería significar, antes que nada, defender a las personas. que la habitan.
No pretendo afirmar que la izquierda posea todas las respuestas ni que la derecha carezca de razones. Una democracia necesita discrepancia, alternancia y pensamiento crítico. Precisamente por eso deberíamos desconfiar de cualquiera que convierta la patria en patrimonio de una sola manera de pensar.
España es demasiado antigua, demasiado contradictoria y demasiado diversa para encerrarla dentro de unas siglas.
Y quizá el problema comience cuando dejamos de preguntarnos que podemos hacer por nuestro país y empezamos a discutir quién tiene más derecho a pronunciar su nombre.
Porque una nación no se mide por el ruido de quienes la proclaman.
Se mide también por el lugar que deja a quienes discrepan.
Por cómo trata a quienes tienen menos.
Por la memoria que decide conservar.
Y por el futuro que es capaz de ofrecer a quienes todavía no han nacido.
Quizá haya llegado el momento de decirlo de una manera sencilla:
España no pertenece a quien más la proclama.
España pertenece a quien la comparte y no la vende.

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