Desde mi ventana
Carmen Heras

Escribe Manuel Jabois que “Una línea roja no es una línea mientras nadie se acerca a ella: sólo existe si alguien amenaza con cruzarla” e Iñaki Gabilondo abunda en la misma idea cuando afirma algo así como que para la creación de dos bandos basta con que una persona coloque una alambrada.

Tropecé por casualidad con la palabra panóptico referida a un modelo de arquitectura carcelaria para vigilar a todos los prisioneros desde un lugar central sin que estos sepan que están siendo observados. Lo inventó Jeremy Bentham, jurista inglés, a finales del siglo XVIII, en su planteamiento de reforma de las cárceles. En tiempos más modernos la usa Michel Foucault como metáfora explicativa del poder en la sociedad moderna.

Descubrí que los extremismos no son buenos cuando alguien muy joven me intentó persuadir de que la vida se estructura en capas y categorías y por ello, en esa especie de estratos preestablecidos, el ocupante último de uno de ellos siempre está mejor situado (era mejor-dijo-) que el primero en el nivel inmediatamente abajo (por muy importante que se sintiera y fueran muchas las obras que ejercitara).

Es posible que, puesto que todo lo personal es político y nos nutrimos de nuestras propias experiencias vitales a la hora de elegir una ideología, que aquella síntesis apresurada forjase en mi la rebeldía interior que aún me acompaña cuando desde fuera alguien intenta coaccionarme, influirme, obligarme a tomar partido en situaciones importantes de la vida.

El por qué algunos asuntos tienen mayor reverberación social que otros o, siendo los mismos, unas veces cuajan y otras no en el imaginario colectivo, siempre me ha interesado. Desde el punto de la comunicación y desde el de la participación generalizada en los conflictos. Si hacemos caso a los pedagogos todo esto se fundamenta en el trato adecuado de la “tierra”, en la que, al final, la “semilla” puede dar fruto.

Que nuestros tiempos son cómodos, pero también convulsos, es algo publico y notorio. Y nuestra sensibilidad de pequeños burgueses se encuentra bastante exacerbada. Aparentemente conseguidos los grandes retos de subsistencia que, en épocas mas arcaicas, eran el problema diario para la mayoría, hoy la sociedad domina el arte de fijarse en las pequeñas o grandes cosas, según la afecten. Y como todos tenemos una balanza virtual para evaluar los agravios, solemos buscar las causas de lo que nos sucede en el exterior de nosotros y en aquello que nos parece más obvio. Y así echamos la culpa de que la sanidad no funcione a los sanitarios y al Gobierno; los malos resultados en comprensión lectora al embaucamiento de los niños por la tecnología y al Gobierno; los ruidos a los hosteleros y al Gobierno; las rentas elevadas en la vivienda a los propietarios y al Gobierno. Y así una y otra vez, indefinidamente.
No diré yo que efectivamente no tengan sus obligaciones los gobernantes, que las tienen, pero desde luego lo que nadie puede negar es lo útil de disponer cerca de unos cuantos chivos expiatorios para expresar la ira, y no ahondar demasiado en las contradicciones personales y en la propia incapacidad de resolver algunos problemas. Como si las generaciones todas no hubieran tenido que luchar (con uñas y dientes) en algún momento por hacerse un hueco en el mundo.

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