Historias de Plutón
José A. Secas
La cosa se está poniendo muy malamente (que diría Lete por obra y gracia de Chiquito). Resulta que me ha inspirado, desde lo alto de mi propio alboroto interior, una idea-toontuna de inteligencia artificial de finales del benemérito 2026, que me propone un reto perfecto para unos tiempos tan tecnológicos como volátiles: ponerle un motor a reacción a una tostadora para desayunar antes de lo habitual al otro lado de la galaxia. Cada vez más cerca. Luego, me mira la IA de turno con ojos de silicio ensangrentado y me desafía a escribir un artículo sobre un partido de fútbol en Bombay entre androides (robots humanoides altamente evolucionados) y la selección humana de fútbol del Mundo mundial (y de la FIFA) dirigida por el ínclito Luis de la Fuente, como si el azar de la pelota empleada y la resaca existencial cupieran en un diagrama de fluzo (el del condensador).
Menudo embolado. Empecemos por el principio, que diría un filólogo o filósofo tipo cuñao despistado (como yo), porque si uno no se dispersa un poco al poner la bola en juego, corre el riesgo de parecer un manual de instrucciones de frigorífico o un prospecto de digestivo viscoso, pastoso y lechal.
Resulta que me hallaba yo mismo con mi propio mecanismo —concretamente un trece de marzo de 2033, a las 13:33, hora local de Bombay (la una y media pasada), tomando un té chai con especias que picaba como su puto padre, degustando el caos de transeúntes y desplazados varios y la humedad pegajosa de la superpoblada capital de India. Allí, en un terreno neutral inspirado por la intuición de la humanidad, que olía a curry, a sudor humano y a frontera de la existencia, iba a disputarse el tan deseado acontecimiento cumbre de la modernidad: la Selección Mundial Humana de Fútbol —con el inmortal Luis de la Fuente al frente— contra el todopoderoso combinado de los Robots Humanoides de 31ª Generación, ensamblados mayormente en Shenzhen.
O, dicho de otro modo, la revolución aritmética del silicio y otras tierras y pedradas raras, desafiando al libre albedrío con tacos de goma, césped mojado, puntapiés y esférico errático.
Porque, admitámoslo, el fútbol no era (ni había sido nunca) un deporte; era el último baluarte donde la estupidez, la pasión, el fallo arbitral, el piscinismo y la divina imperfección humana seguían campando a sus anchas. Pretender que unos algoritmos compinchados, de lata, ganen un partido de fútbol es no haberse coscado nada de la hermosa inutilidad de este mundo. ¿Cómo recóncholis le vas a explicar al procesador de trigésima primera generación que un bote pronto, en el piso irregular del Estadio Central de la Unidad Asiática (ASU en inglés) en Bombay, es una cuestión metafísica y no un fallo de cálculo?
Los androides de Shenzhen venían pertrechados de fibras de carbonos, kevlar y grafeno, micro motores a toda vela y un cálculo espectral de trayectorias vectoriales en milisegundos (por ejemplo). Pero tenían un pequeño problema: no sabían lo que es tener un mal día o el impulso de una corazonada en el minuto noventa y seis, ni tenían la más remota idea de lo que significa fingir en el área chica un pisotón para rascar un penalti dudoso. Un robot no se tira en plan teatrero porque su giroscopio rechaza el drama por principio estético. Les falta la gracia del desastre y luz cegadora de la mentira.
En el banquillo, tan humano él, teníamos al Patriarca. Luis de la Fuente contemplaba la estampa con una mezcla de paternalismo, escepticismo, horas de vuelo y cachondeíto del bueno. Mientras los androides realizaban estiramientos —que es soberana gilipollez— bajo el sol abrasador y sudoroso de Bombay, el míster llevaba una guayabera impecable, un rosario secreto de bolsillo y la certeza absoluta de que el espíritu del balompié no cabe en una nanoplaca base.
—Míralos —le comentaba distraídamente al micrófono de la grabación oficial—. Vienen con sus motores lineales y su eficiencia de bareto de polígono industrial chino a hacernos ver por activa y por pasiva —me encantan los tópicos y las frases hechas— cómo se divierte la humanidad. El fútbol es nuestro último plato de sopa caliente en medio de este frío páramo cibernético. Y ahora llegan estos hombres perfectos de mentira a pedirnos que juguemos con ellos al deporte rey. Tiene guasa la cosa.
Pero, mire usted, que es destino es muy de aquella manera y aveces se disfraza de juicio amañado y de arbitraje casero. Ocho de cada diez piezas de la tecnología global vienen de Shenzhen, pero ni un solo nanochip de última generación sabe, como nosotros, lo que es cagarse en los muertos del colegiado o fallar un gol a puerta vacía. Si los robots ganan este partido, el género humano habrá entregado definitivamente la última parcela donde la torpeza cotiza al alza.
Querían robarnos la aleatoriedad y la chorra, que juntas constituyen el único dogma que nos queda a los que no creemos, creéis o creen en la cibernética. Ganarles a los de Shenzhen no es una cuestión de física cuántica ni de cinemática avanzada; es la validación de esa obvia imprecisión que nos hace humanos, imperfectos y profundamente vivos (jugando al fútbol, me refiero).
Al final, entre el polvo de Bombay y alrededores, los gritos de una masa enfervorizada de espectadores que mezclaba el inglés de la app de traducción inmediata y el hindi de pueblo con el zumbido de los ventiladores de los androides recalentados, comprendí una vez más que la perfección es una castaña insoportable e inasequible. Que viva siempre la metedura de pata humana, con su caquita de luxe, su humo efervescente y su queridísima de la muerte y entrañable deriva existencial.
Al final, el VAR se amotinó y perdimos.





























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