José Cercas
Mucho antes de conocer la ciudad de los palacios, conocí el Cáceres de las Canterías. No sabía entonces nada de linajes, de monumentos ni de reconocimientos internacionales. Tampoco podía imaginar que aquellas torres y aquellos muros, todavía lejanos para mí, terminarían convirtiéndose en una de las imágenes más admiradas de Extremadura. Mi primera relación con Cáceres fue más sencilla y, quizá por eso, más verdadera: estuvo unida a los niños con los que jugaba, a ciertos rincones que la memoria ha conservado y a un jardín de infancia donde adornábamos un árbol semiseco.
Yo venía de Santa Ana y contemplaba la ciudad con los ojos de un niño. No necesitaba conocer su historia para sentir que estaba entrando en un mundo diferente. Antes de aprender a mirar el Cáceres monumental, aprendí a recorrer el Cáceres cotidiano: el de los barrios, las casas, los patios y las calles por las que transcurría la vida de la gente.
Jugaba con los niños de las Canterías. Aquel era nuestro territorio, pequeño para los adultos e inmenso para nosotros. Cada rincón podía convertirse en un escondite; cada calle, en el escenario de una aventura. No necesitábamos grandes juguetes ni lugares especialmente preparados para entretenernos. Nos bastaba la imaginación para transformar cualquier espacio en un mundo propio.
Éramos dueños de aquellas tardes porque todavía ignorábamos que el tiempo también juega con los niños y termina ganándoles la partida. Corríamos, inventábamos historias y nos buscábamos unos a otros por aquellos rincones de inocencia. La ciudad crecía a nuestro alrededor, pero nosotros no lo sabíamos. Para nosotros, Cáceres tenía entonces el tamaño exacto de nuestras carreras y de nuestras risas.
Recuerdo especialmente aquel árbol semiseco del jardín de infancia. No era un árbol hermoso ni frondoso. Sus ramas parecían cansadas y ofrecían la impresión de haber envejecido antes de tiempo. Sin embargo, nosotros lo adornábamos como si fuera el árbol más importante del mundo.
Los niños poseen una manera de mirar que los adultos terminamos perdiendo. No preguntan cuánto vale una cosa, quién la plantó o qué utilidad tiene. Les basta con imaginar que puede ser distinta. Al colocar nuestros pequeños adornos sobre sus ramas, el árbol dejaba de parecer vencido. Durante un tiempo volvía a la vida y se convertía en el centro luminoso de aquel jardín.
Ahora comprendo que aquella ceremonia infantil encerraba una enseñanza que entonces no podíamos entender. Adornábamos lo frágil, cuidábamos lo que parecía condenado a desaparecer y ofrecíamos alegría a un árbol que apenas podía devolvérnosla. Tal vez la memoria haga algo parecido: regresa a los lugares que el tiempo ha dejado desnudos y vuelve a cubrirlos de hojas.
Muy cerca de mi casa estaba el colegio San Antonio. Durante la semana era uno de esos edificios que formaban parte natural del barrio, lugares ante los que pasábamos sin preguntarnos qué historias guardaban sus paredes. Pero los domingos se transformaba. En su interior había un cine escondido, una pequeña sala que para nosotros tenía algo de refugio y de lugar secreto.
Aquel cine fue una de las primeras ventanas que se abrieron ante nuestra imaginación. Bastaba con que se apagaran las luces y comenzara la película para que las Canterías desaparecieran durante unas horas. En la pantalla surgían otros paisajes, otras ciudades y personajes que vivían aventuras imposibles. Nosotros permanecíamos en la oscuridad, fascinados ante un mundo que parecía estar ocurriendo delante de nuestros ojos.
No recuerdo aquel cine como un lujo. Lo recuerdo como una celebración de los domingos y como una puerta abierta en medio de una infancia sencilla. Nos permitía viajar sin abandonar el barrio. Cuando terminaba la película, salíamos de nuevo a nuestras calles y prolongábamos sus historias en los juegos. Durante toda la tarde podíamos convertirnos en los héroes que acabábamos de contemplar en la pantalla.
Sin saberlo, aquel pequeño cine escondido también estaba educándonos. Nos enseñaba que más allá de nuestras calles existían otros lugares y otras vidas. Alimentaba nuestra curiosidad y ensanchaba los límites de lo posible. Quizá algunas vocaciones comiencen así, en una sala humilde, cuando un niño descubre que la realidad puede ser contada de muchas maneras.
Con los años conocí el otro Cáceres: el de la Plaza Mayor, el Arco de la Estrella, las torres, los palacios y las calles de piedra. Comprendí el valor extraordinario de una ciudad que había sabido conservar la escritura de los siglos sobre sus muros. Aprendí también que aquel conjunto histórico no pertenecía solamente a quienes lo habitábamos, sino que formaba parte de un patrimonio compartido por la humanidad.
Pero antes de conocer esa ciudad ya existía en mí otro Cáceres. Era el de los niños de las Canterías, el árbol semiseco, el jardín de infancia y las películas de los domingos en el colegio San Antonio. Una ciudad sin guías turísticas, sin discursos oficiales y sin placas conmemorativas. Una ciudad humilde, levantada con juegos, voces y recuerdos.
Las ciudades no están formadas únicamente por los edificios que permanecen. También las construyen los lugares que desaparecen, las costumbres que dejan de practicarse y las personas anónimas que un día ocuparon sus calles. Existe un patrimonio visible, protegido por las instituciones y admirado por los visitantes, y otro patrimonio más frágil que solo se conserva en la memoria de quienes lo vivieron.
Ese patrimonio invisible también merece ser contado. En él se encuentran los barrios, las escuelas, los comercios, los oficios y los espacios comunitarios que ayudaron a formar a varias generaciones. No siempre poseen una belleza monumental, pero guardan una parte esencial de la identidad de una ciudad. Sin ellos, la historia queda incompleta.
Cuando regreso con la memoria a las Canterías, no intento reconstruir una infancia perfecta. Sé que el tiempo transforma los recuerdos y suaviza algunas de sus aristas. Sin embargo, hay imágenes que permanecen con una nitidez difícil de explicar: las carreras con los otros niños, aquel árbol adornado por nuestras manos y la oscuridad del cine momentos antes de que comenzara la película.
En esas imágenes reconozco el primer Cáceres que conocí. No el que aparece en las postales, sino el que me enseñó a mirar, a imaginar y a sentirme parte de una comunidad. Después llegarían la historia, los monumentos y la admiración consciente por la ciudad. Primero estuvieron la infancia y el asombro.
Por eso, cuando hoy se habla del futuro de Cáceres, creo que no basta con proteger sus piedras. También debemos conservar la memoria de sus barrios y escuchar a quienes todavía pueden contar cómo era la vida en ellos. Una ciudad que olvida sus pequeñas historias corre el riesgo de conservar intactos sus edificios y perder, sin embargo, una parte de su alma.
Antes de conocer Cáceres, yo ya había empezado a quererlo. Lo quería sin saberlo, mientras jugaba con los niños de las Canterías, mientras adornaba aquel árbol semiseco o esperaba que se apagaran las luces del cine del colegio San Antonio. Años después comprendí que una ciudad comienza a pertenecernos mucho antes de que aprendamos su historia: comienza a pertenecernos cuando se convierte en escenario de nuestros primeros recuerdos.





























Que bonitos recuerdos Pepe…