Laura De Chiclana / Jna Press / Nexp / DPA

José Cercas

Cuando el dolor no entiende de fronteras
Hay días en los que los mapas dejan de existir.
Las fronteras, que los hombres dibujamos con tanto empeño, desaparecen de pronto bajo el peso de una lágrima. Ninguna bandera consigue protegernos del dolor. Ningún idioma es capaz de traducir el llanto de una madre. Ningún océano separa el miedo de un niño del miedo de todos los niños del mundo.
Estos días he pensado muchas veces en Venezuela. Podría haber pensado en cualquier otro rincón del planeta donde la tragedia golpea sin preguntar nombres ni fronteras. Porque el dolor cambia de paisaje, pero nunca de rostro.
He pensado en quienes han perdido una parte de su vida de un solo golpe. En quienes buscan a los suyos entre la incertidumbre. En quienes miran al cielo esperando una respuesta que nunca llega.
Entonces uno comprende que la desgracia no distingue entre pueblos ni personas.
Nos iguala.
De pronto dejan de importar las ideas, las religiones, las patrias o el color de la piel. Solo permanece el ser humano. Solo queda ese silencio antiguo que nos obliga a reconocer en el sufrimiento ajeno una parte del nuestro.
Quizá por eso las grandes tragedias despiertan lo mejor de nosotros.
Aparecen manos que nunca se habían estrechado. Personas que nunca se han visto empiezan a preocuparse unas por otras. Alguien envía ayuda. Otro ofrece consuelo. Otro guarda un minuto de silencio. Y, sin saberlo, todos comienzan a reconstruir algo mucho más importante que una ciudad.
Empiezan a reconstruir la esperanza.
Siempre he pensado que el ser humano se parece demasiado al mar.
En los días tranquilos solo vemos la superficie.
Pero cuando llega la tormenta descubrimos la profundidad de sus aguas.
Ojalá no necesitáramos el dolor para recordar que pertenecemos a la misma familia.
Ojalá aprendiéramos a compartir la alegría con la misma intensidad con la que compartimos las desgracias.
Porque quizá la verdadera patria del ser humano nunca haya sido un territorio.
Quizá nuestra única patria sea la compasión.
Desde Avuelapluma quiero enviar un abrazo al pueblo venezolano.
No un abrazo político.
No un abrazo ideológico.
Simplemente el abrazo de un ser humano que, desde esta otra orilla del mundo, siente que el dolor nunca debería entender de fronteras.
Porque mientras exista una sola persona capaz de llorar con el sufrimiento de otra, la esperanza seguirá respirando.

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