La amistad y la palabra
Enrique Silveira

He de confesar que leo la prensa de manera un poco compulsiva. Ese hábito me mantiene al día de lo que acontece más allá del ámbito familiar y el profesional que, como le ocurre a casi todo hijo de vecino, copan la inmensa mayoría de mi tiempo. Omito cuáles son mis cabeceras preferidas y así evito que se me califique con ligereza, pero aseguro que las hay de diferentes tendencias. La lectura pormenorizada, superada la mera información, te invita a desarrollar un pensamiento crítico y a reflexionar; de ahí a estas pobres palabras hay solo un pequeño trecho. En estos días se ha hablado mucho de educación.

El informe PISA no es precisamente longevo; apareció en el año 2000 como novedad inusitada y desde entonces suscita comentarios de toda índole y, sobre todo, disputas exacerbadas. No es de extrañar porque la educación nos afecta íntimamente: todos hemos pasado muchos años en el sistema educativo; la mayoría le hemos confiado a nuestros hijos y algunos —como el que suscribe— hemos formado parte de él profesionalmente.

Muchos piensan que tu paso por el colegio determinará el resto de tu existencia y por ello —si se tiene la posibilidad— manipulan constantemente las leyes de educación con la pretensión de convertir los centros educativos en fábricas de futuros votantes o, al menos, ciudadanos afines que puedan ser encauzados con facilidad por los rediles convenientes. Lo prueba la interminable lista de leyes que han propugnado los diferentes partidos y que conforman un galimatías incomprensible hasta para el más instruido; su enumeración es aterradora: LOE, LOECE, LODE, LOGSE, LOCE, LCFP, LOE, LOMCE, LOMLOE… Y la primera de ellas se remonta a 1970, no creas lector que hemos recorrido dos siglos.

Si preguntáramos a los antiguos inquilinos de las escuelas, los ahora adultos, casi ninguno sabría decirte bajo el amparo de qué ley siguieron sus estudios; probablemente tampoco la que regía cuando estudiaron sus hijos, a pesar de que los recuerdos del colegio son imborrables para bien y para mal.

Los innumerables cambios legislativos, sin embargo, no han sido los máximos responsables de la evidente evolución de la enseñanza en nuestro país. Quien más y quien menos es consciente de que la instrucción académica debe adaptarse a la evolución general de la sociedad y ello se produce al margen de los vaivenes de nuestras leyes.

Durante la Transición, España cambió radicalmente. Alfonso Guerra lo manifestó con su habitual socarronería (“A España no lo va a reconocer ni la madre que la parió…”) y a fe que no le faltaba razón. Esos cambios han afectado a casi todos los órdenes de nuestra existencia, pero los hemos notado de manera particular en los colegios. ¿Repasamos lector algunos de ellos?

  • Hasta la llegada de Internet los profesores nos erigíamos como la fuente de sabiduría más próxima y, sobre todo, más fiable. La palabra del docente gozaba de absoluta credibilidad y se consideraba irrebatible. Transmitíamos los conocimientos y comprobábamos si en una medida aceptable se habían asentado en las emergentes seseras de nuestros alumnos . Refutarnos requería un sobreesfuerzo que pocos estaban dispuestos a asumir. En la actualidad – desde muy pronto- los alumnos albergan en sus bolsillos una enciclopedia infinita que convierte a los educadores en pigmeos de la cultura.
  • La consecuencia inevitable es que nuestro papel en las aulas debe mutar: de enciclopedia andante a motivador de masas. Como alumno tuve profesores de toda condición; algunos, los menos, tan odiosos que perderlos de vista fue un placer; otros, la mayoría, pasaron por las aulas con más pena que gloria, pero un selecto grupo dejó en mí un poso indeleble. Estos últimos eran grandes motivadores y poseían un innegable talento para enseñar. En ningún plan de estudios universitario te enseñan a motivar; tampoco puedes imitar el talento porque es una virtud innata de la que sólo los afortunados disfrutan. Sí puedo decir que de los malos profesores aprendí mucho: nunca hice aquello que me pareció inadecuado en su proceder. En definitiva, ser profesor en la actualidad es mucho más difícil, aunque muchos suplen la falta de talento con profesionalidad y ello es muy loable.
  • Mis padres no fueron nunca a mi centro escolar: no hubo incidencias de consideración y mi devenir académico fue satisfactorio, por lo que no encontraron motivo para visitarlo. En la actualidad, los padres somos parte activa de la comunidad educativa y ello debe considerarse como una indudable mejora. La comunicación con los profesores es constante, lo que evita las sorpresas desagradables, pero muchos padres han malinterpretado este avance y se inmiscuyen de tal manera en las responsabilidades del docente que perturban su actividad profesional hasta convertirla en un suplicio. Estos progenitores no son mayoría, pero son demasiados.
  • Competencias clave, saberes básicos, descriptores operativos… Estos son una pequeña muestra de la jungla terminología a la que se enfrentan los educadores. Decir a los padres que su hijo es un buen chaval, pero renquea en los estudios y que entre todos podemos cambiar esa mecánica para mejor es una expresión muy imprecisa según los gurús de la nueva pedagogía. A los docentes se nos obliga a utilizar una terminología tan absurda como incomprensible; además hemos de plasmarla en una ristra interminable de informes, de manera que perdemos demasiado tiempo en una carga burocrática inútil y costosísima, pero lo peor es que dejamos de entendernos.

Seguiremos repasando estos vericuetos, que dan para mucho y conviene no cansar a los amables lectores. Los que queden.

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