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Cánovers /
Conrado Gómez

Siempre he pensado que debe de haber una ciudad oculta refugiada en catacumbas milenarias, en un sistema de pasadizos secretos. No dejo de sorprenderme cuando viene la Semana Santa, el WOMAD, o baja la Virgen de la Montaña, porque, de repente, y sin previo aviso, se tiran a la calle miles de personas en una especie de río humano, hordas de gente acompasadas en una misma dirección. Cáceres parece poblada. Las calles dejan de estar desiertas y se ve afluencia, espíritu, alegría. ¿Turistas? No. Mi teoría de la ciudad subterránea es más plausible por la inusitada violencia móvil con la que transitan. Hay gente que defiende que es una fecha en la que los barrios bajan —o suben— al centro, pero tampoco termina de cuadrarme. Hay veces que me planteo que quizás la solución del problema poblacional de la ciudad esté en hacer permanente lo que es eventual. Podemos dejar aquí a la Virgen, celebrar todos los meses el WOMAD, o sacar los pasos de Semana Santa dos o tres veces al año. El caso es que Cáceres se llene de gente y eso dé alegría al comercio, al turismo, incluso al propio oriundo, harto de ver las mismas caras en los mismos sitios.

Dejando el sarcasmo a un lado, tanto en Cáceres como en Extremadura estamos condicionados por nuestra pirámide poblacional. Dicho de otro modo más coloquial: “tenemos poca gente y la que hay es muy mayor”. De esta realidad dependen las inversiones que generamos y las que no nos llegan. A nivel productivo, el movimiento es escaso. A nivel político, somos pocos votantes, y por tanto, las demandas para el Ejecutivo central —sea del color que sea— nunca han sido tratadas con mimo. Pesamos poco en el conjunto de España y a Extremadura siempre se nos mira como la hermana pobre. La renta per cápita es la más baja de España y lo mismo ocurre con nuestro PIB. ¿Qué hacemos entonces? Sencillo y complejo al mismo tiempo: ganar población.

Hablando el otro día con un amigo comentamos la oportunidad que supondría para Extremadura acoger a los refugiados sirios, pero no sólo el cupo ridículo que nos asignan. Me refiero a abrir las puertas de verdad. Acoger a miles, a cientos de miles. Meterlos dentro del ciclo productivo de nuestra región. Garantizarles techo, trabajo, y un futuro para sus hijos. ¿Se imaginan una Extremadura con 3 millones de personas? ¿Un Cáceres con 300 mil habitantes? No verían cientos de locales vacíos, infraestructuras que no se acometen por indisposición presupuestaria, o edificios públicos cerrados.

Todos nuestros políticos coinciden en señalar que somos muy pocos, pero ninguno se atreve a dar con la solución. Ni tan siquiera una pírrica propuesta que apunte hacia dónde deberíamos dirigir nuestros esfuerzos. “Operación retorno”, otros proponen estas sandeces. ¿De verdad? ¿Ustedes volverían a una región sin oportunidades laborales con una de las presiones fiscales más altas de España? Una región con el mayor número de funcionarios públicos, y lo que es peor, con las expectativas de llegar a serlo para la mayoría de los jóvenes que permanecen.

La solución es convertir Extremadura en la Tierra Prometida de Siria.

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