La amistad y la palabra
Enrique Silveira
Adolescere, crecer en román paladino, es el verbo latino que sirve de base etimológica a nuestro sustantivo adolescencia. Éste nos sirve para designar a los miembros de la sociedad que se encuentran en pleno desarrollo —tanto físico, sicológico como intelectual— y todos, sin excepciones, pasamos por ella hasta llegar al estado de adulto, con diferentes velocidades, algunos con visos de permanecer, otros con ganas de volver a ella por añoranza o comodidad.
Aunque muchos tengamos edad para haber olvidado algunos detalles, la mayor parte de los generados en ese tiempo adolescente permanecen indelebles y sirven de referencia. Todo lo acontecido en ella es descubrimiento, convulsión, elección, sinsabores, felicidad rayana en el éxtasis; en definitiva, una época alejada de la apatía o el aburrimiento, pero no de las complicaciones. Se exige mucho al adolescente; se le aconseja, se le dirige, se le conmina, muchas veces se le empuja sin contemplaciones y ello confunde aún más al que de por sí ya está confundido porque no consigue vislumbrar el camino por el que ha de transitar el resto de sus días. Esta confusión atañe a muchas y variadas cuestiones: la religión, la forma de vestir, las lecturas que pueden dejar poso, la inclinación sexual, el equipo que te acompañará hasta tu desaparición, las compañías que has de elegir o el futuro trabajo con el que, tras debida formación, podrás afrontar las facturas. Este último requiere especial atención porque preocupa de manera extraordinaria al protagonista y, sobre todo, a los padres, que no conseguirán sosiego hasta asegurarse de que sus descendientes tienen ante sí una senda más o menos transitable que les conduzca a un futuro halagüeño. Se acumulan las influencias que determinarán la definitiva opción a lo que hay que sumar las tendencias exclusivas de cada uno, las que provienen de las entrañas propias y no se pueden soslayar. Se perciben varios grupos en este aspecto.
A lo mejor uno pertenece a ese exclusivísimo círculo de los que gozan-padecen una vocación. Son muy pocos, cada vez menos, pero existen y, como les resulta imposible desprenderse de ella, su vida se circunscribe a desarrollarla de la mejor manera posible y que, con suerte, puedas vivir decentemente en trabajos relacionados con ella. Las vocaciones llegan sin llamarlas y en ocasiones te apresan de forma tardía, ya en la madurez, bien porque te resististe a reconocerla, bien porque no te daba de comer.
Cabe la posibilidad de que hayas nacido en una familia dirigida por progenitores que consideran a sus descendientes una continuación de ellos mismos y por ello pretenden que sigan la misma senda que ellos eligieron, perniciosa obcecación que casi siempre genera frustración y amargura, pero puede ser que convivir con médicos, abogados, ganaderos o electricistas te sugiera esa posibilidad y te reconforte la alternativa, de modo que orientes tu formación a lo que ya conoces y promuevas el regocijo familiar sin necesidad de realizar un sacrificio más propio de un mártir por mudar la costumbre de los ancestros.
Es posible que se haya nacido en un hogar en el que los ascendentes aboguen por la formación de sus vástagos y se empeñen en ella, pero sin obstinarse en que sigan su estela. En estos casos, se ayuda a sortear los obstáculos que inevitablemente surgen a pesar de que el aspirante a trabajador haya eludido la imposición de un camino ajeno a sus inclinaciones, pero le afecten los inevitables vaivenes en el ciclo formativo.
El grupo más numeroso, sin embargo, nos presenta a un individuo con prisas por independizarse, o sea, asumir los gastos particulares y no compartir vivienda, lo que le lleva a fijarse en tareas que no requieran mucha formación – hace falta tiempo y esfuerzo para completarla – y que estén bien remuneradas. Muchas opciones no encuentras; casi todas son sacrificadas y mal retribuidas, pero las localizas con relativa facilidad si no te vencen la apatía y la pereza.
Para los que no quieren perder el tiempo en largos y fatigosos adiestramientos, la política se ofrece como una opción muy apetitosa. En esta España nuestra disfrutamos de 350 diputados y 266 senadores, a los que se debe sumar 67000 concejales y algo más de 8000 alcaldes; para aconsejarles y acompañarles en su labor se estiman alrededor de 40000 asesores. La lista se puede engrosar, pero el lector seguro que se hace una idea.
La cualificación que se exige para ostentar estos cargos es escasa o nula, lo que no quiere decir que no se encuentren personas de altísima ilustración entre ellos, como ocurría antaño, pero hay que reconocer que cada día son menos habituales. ¿Y cómo se llega?
El adolescente avispado sin muchas ganas de esforzarse ingresa en un partido cuando la barba aún no puebla su barbilla o, si eres mujer, no hace mucho que has dado la bienvenida a la pubertad. Acudes a los eventos que organiza tu agrupación y en ellos participas con vehemencia, vives en la sede que consideras un lugar de reunión en la que no gastas como en un bar, acumulas relaciones con facilidad, que todos comparten opiniones de entrada, aunque surjan pequeñas disensiones que sirven para lucir particularidades en la conversación, sueñas con el premio de un cargo en el partido, si no retribuido, sí de nombre tan rimbombante como impreciso, en él ejercerás al tiempo que aprendes porque no está estipulado con mucha exactitud lo que se debe hacer; en definitiva, todo ventajas.
¿Y qué debes aportar? Buena disposición y docilidad, sobre todo. Con el tiempo, habrás de explotar habilidades que no se aprenden en los centros de formación: adular a quien te puede despejar el camino y postergar a quien anhela ocupar los mismos puestos que tú. ¿Solo con eso? Por lo que ofrece la política actual, existen posibilidades de ocupar cargos relevantes con un acervo académico tan exiguo que mejor ocultarlo y una trayectoria profesional inexistente fuera del protector manto del partido, por lo que, con los años, no se tiene a donde volver si la cosa se tuerce. ¿Se puede ser útil entonces? Ejemplos se encuentran de todo jaez: políticos ilustradísimos con alma tan pútrida que recuerda a un vertedero y otros sin formación que a base de sentido común y generosidad han quedado en el recuerdo de todos.
En realidad, el problema es etimológico. Del griego politikós, perteneciente a los ciudadanos, lo que comporta una abnegación por el beneficio común que ni está ni se la espera. Si pudiéramos elegir, nuestros representantes deberían hacernos sentir asombro por su trayectoria anterior y, además, demostrarnos que tienen un lugar al que volver. Lo demás es solo gestión.

























