Historias de Plutón
José A. Secas

Hace ya unos años, cuando trabajaba en Madrid haciendo eventos de marketing en centros comerciales, una directora gerente de uno de los centros más punteros de la capital cortó de cuajo una relación laboral exitosa y prolongada con un argumento que me dejó de medio lao o to payá: “Las relaciones (profesionales, en este caso) se relajan, se acomodan y terminan por aburrir y no ser efectivas. Hay que cambiar cuando ya no se puede dar más de si”. Y punto pelota. Me aseguró que no era cuestión personal -nos seguimos felicitando por Navidad- y que nuestro trabajo había sido de su total satisfacción hasta entonces; simplemente quería dar un giro a su oferta de acciones de marketing y prefería contar con “sangre nueva” que aportara ideas renovadas y formas de trabajar diferentes. Y adiós.

La verdad es que me dolió mucho en mi amor propio y en mi orgullo profesional, pero lo dijo tan claramente, sin acritud y en medio de una -como tantas- entrevistas profesionales respetuosas y  eficientes que no hubo oportunidad de replicar. El cliente tiene razón y si te he visto no me acuerdo. Acepté y me retiré dignamente, pero con mi corazoncito roto y mi dignidad como profesional un tanto maltrecha. La herida cerró y, cosas del destino, terminé volviendo a aquel mismo centro de la mano de una sucesora más pragmática. Aquí paz y después gloria (y santas pascuas, añado).

Es cierto que una relación profesional no admite las mismas reglas que una de pareja. En el trabajo no caben los celos ni los dramas, pero aquella ruptura me enseñó algo valioso: la honestidad de la frialdad. No hubo preavisos ni señales de agotamiento, simplemente un cierre limpio. ‘El negoci és el negoci’. Sin embargo, esa claridad que tanto nos asusta en lo laboral es la que solemos echar de menos cuando saltamos al terreno de los sentimientos, allí donde el nexo trasciende lo material y (teóricamente) nos movemos por impulsos más elevados. ¿Por qué en los negocios somos capaces de cortar por lo sano y en el amor nos empeñamos en estirar el chicle hasta que se nos queda pegado a los dedos?

En los lazos conyugales donde no solo hay intercambio de intereses o, al menos, no es lo único ni lo más importante, donde la conexión trasciende lo material, donde el nexo de las partes, en principio, lo propician y suscitan sentimientos elevados y superiores.

En estas relaciones de pareja también cabe el agotamiento, la rutina, la decadencia y el “desamor”, pero aquí nunca se corta por lo sano (salvo que haya sido un desencanto o un mal descubrimiento muy al principio de la relación) y se permite que el desgaste se agudice hasta puntos insospechados. Es bastante más difícil discernir si el vínculo se ha roto y actuar en consecuencia cuando hay un porcentaje alto de corazón y se pone poca cabeza en ello.

En las rupturas de pareja  se puede caer muy bajo cuando las reconciliaciones y los perdones se vuelven tan comunes como las broncas y desencuentros previos. ¿Es eso una forma sana de convivencia? Yo mismo me lo pregunto y ya me he dado todas las respuestas posibles habidas y por haber. Nos hemos convencido de que, habiendo corazón, cualquier naufragio es reversible. El problema es que a veces confundimos el amor con otros sentimientos de segunda o tercera categoría que solo sirven para parchear el desastre. Sentimientos que camuflan, enturbian, distraen o, simplemente, enmascaran la realidad.

Llega un momento en que uno (o una) no está para aguantar tonterías. Cuando ya tienes el “culo pelao” y unas cuantas horas de vuelo y sabes distinguir las churras de las merinas, si te permites caer y recaer, aunque luego regreses como el Ave Fénix, en los errores que jalonan una relación aparentemente fallida es porque aceptas las reglas del juego y porque “te compensa” de alguna u otra manera (míratelo con calma). Llegados a este punto, ahí va la recomendación de Petete: dale cancha al amor con mayúsculas, agradece, perdona y construye con espíritu positivo -no hay mal que cien años dure, ya sabes- o, por el contrario, afina el olfato y si huele a mierda, sal corriendo de ahí. No merece la pena

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