Historias de Plutón
José A. Secas

Selene experimenta un hastío trascendental insufrible mientras cumple un horario rígido de trabajo desde el principio de los tiempos. La burocracia celeste vende siempre una especie de gloria olímpica groseramente envuelta en papel de celofán con purpurina para engañar a los incautos buscadores de mitos y lectores perdidos. La realidad desvela a una trabajadora del cosmos haciendo horas extras interminables en el itinerario de un guión monótono y previsible. Los apologistas de la Antigua Grecia retrataron falsamente a la deidad como la aristócrata suprema de la noche mediante una decoración estética que sirve únicamente para ilustrar vasijas de barro recuperadas en yacimientos arqueológicos y para justificar los desvelos líricos de creadores y plumillas atormentados.

Ningún filósofo clásico calculó el peso de semejante condena en el espacio exterior. Selene contempla cada noche el mismo tablero de ajedrez tridimensional donde las estrellas repiten sus posiciones fijas. Desciende directamente de los titanes del principio de los tiempos y respira el fuego sagrado de la materia universal; sin embargo, está legítimamente harta de mantener su fosforescencia pálida dentro y frente al vacío absoluto. Esta ganancia lumínica resulta absurda cuando la obliga a someterse al cíclico suplicio de la tarta menguante y el festín creciente, una neurosis retratada en un calendario que destruye cualquier atisbo de paz espiritual, orgullo consecuente o de soberanía real.

Selene sufre una especie de insuficiencia existencial en medio de su palacio de diamantes invisibles. Aborrece esa luz prestada que debe mendigar cada tarde al estridente y vanidoso de su hermano Helios, quien exhibe una arrogancia insufrible en su carro de fuego por las autopistas de la cúspide de la existencia mitológica. Selene suspira por una oportunidad dorada que le permita abandonar su carrusel gravitatorio. Desea pisar el fango de la superficie terrestre para manchar sus sandalias con la maravillosa y caótica podredumbre humana.

La inercia de su órbita previsible concede a veces un breve respiro geográfico sobre las cumbres del monte Latmos. Selene frena su pesada montura de opalina plateada cuando divisa una caverna profunda y se descuelga con prisa hacia el abismo terrestre para escapar de las alturas siderales y del más allá, buscando un desvío urgente en su destino de reloj de precisión suiza. La penumbra de la gruta húmeda ofrece una paradoja trágica tallada en mármol viviente: Endimión yace sobre una roca fría como el objeto absoluto de una obsesión que roza la locura.

Este pastor humano y mortal tuvo la osadía de exhibir una hermosura insultante. Endimión representa hoy una naturaleza muerta a la que los dioses olímpicos congelaron el cronómetro del ritmo que marca la vida; una visita melancólica a un museo desierto a horas intempestivas de la madrugada. El durmiente ejecuta sus funciones biológicas con la cadencia de un péndulo mecánico, totalmente ajeno a los cambios de la fiebre, al espanto de la muerte o al entusiasmo de la vida.

Selene aproxima sus dedos traslúcidos al torso inerte con desesperación. La física (y la química) del romance idealizado se rompe debido a la absoluta falta de respuesta del amante: ningún vello se eriza, ninguna arritmia altera su corazón. El amor romántico se transmuta en una forma refinada de masoquismo cuando se dirige hacia un objeto inmutable.

La génesis de este desastre nació de un arrebato estético incontrolable. Selene contempló al muchacho durmiendo con una fragilidad conmovedora frente al paso del tiempo humano, desprotegido ante el mordisco inevitable de la vejez. La piedad de la diosa se mezcló con la fascinación, impulsándola a exigir en el palacio de Zeus un pasaporte de inmortalidad para su nuevo juguete humano. Zeus aplicó una cláusula perversa en la redacción final de su decreto divino: concedió para Endimión la juventud eterna, pero impuso el castigo de un letargo definitivo y sin fin. Este pacto ultracongelado convirtió al joven pastor en un trofeo invulnerable al almanaque terrenal. Los cronistas afirman que cincuenta hijas nacieron misteriosamente de esa extraña unión silenciosa en la cueva; cincuenta doncellas que representan soplos fantasmales y ciclos lunares paridos en el vacío absoluto, subrayando la soledad de una madre que reina únicamente sobre un páramo de sombras mudas.

Esta tortura sagrada exige un combate diario contra el mutismo absoluto de un cuerpo petrificado. Selene arrastra masas oceánicas colosales con un leve e imperceptible guiño de su gravedad, pero cae derrotada ante el muro de silencio que opone un simple pastor de ovejas. Selene se despoja de sus galones de soberana para abrazar las patologías humanas; grita nombres inútiles al durmiente mientras lo colma de caricias desesperadas que parecen reproches.

El mármol biológico rechaza cualquier tipo de negociación con los sentimientos de la deidad. Al remontar el vuelo nocturno, la envidia se expande en su alma inmortal. Selene codicia la maravillosa miseria del fango y la fragilidad de los hombres. Los mortales sufren dolores corporales y lloran a sus difuntos con un dolor auténtico, pero poseen el valor supremo de mirarse a los ojos. Los amantes terrenales se tocan sabiendo perfectamente que el futuro es un pagaré sin fondos reales; se hieren con verdades crueles y se salvan mediante abrazos de piel. La inmortalidad cósmica constituye una estafa monumental si implica habitar un desierto de luz sin miradas cómplices.

El tiempo cósmico ignora las crisis existenciales del Olimpo (y las mías, dicho sea de paso). El filo del amanecer corta bruscamente el horizonte oriental y Helios reclama con estridencia su derecho al incendio diario. Selene acepta con amargura el destierro inevitable que le impone la claridad solar y recoge sus sombras nocturnas con la sumisión de un currante explotado. El engranaje del universo continúa su marcha mecánica. Selene deposita un beso gélido en los labios inmóviles de su mudo pastor, un beso que sabe a derrota antiquísima, a herida abierta y a cristal roto. Es la promesa melancólica de una nueva noche de tormento reincidente. Selene se disuelve por completo en el alba creciente del nuevo día, dejando un cielo limpio sobre la Tierra desolada, mientras el recuerdo de su soledad mantiene el corazón de los hombres pendientes de un hilo.

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