La amistad y la palabra
Enrique Silveira

Recordaba Juan Buenvecino los diferentes lugares en los que había vivido. Los dos primeros fueron de alquiler, pequeños pero con encanto, ninguno de los dos baratos, aunque tampoco tan caros como para obligarte a usarlos mucho más tiempo del debido por eso de que salir de ellos casi siempre requiere invertir una parte muy importante de tus emolumentos. Luego reunió los suficientes arrestos para enfrentarse al temible maremágnum que supone comprar el lugar en el que quieres vivir. Hasta esos días, los conflictos con los que compartía edificio habían sido tan leves como inexplicables, pues no creía Juan que se deba pedir disculpas por andar por el pasillo de tu casa con zapatos o insonoras pantuflas, porque mueves ligeramente tus muebles al barrer o elegiste una, según algunos, desusada hora para ducharte. Provocaban estos incidentes una sarcástica sonrisa en Juan, pero no pensaba que pudieran convertirse en enfrentamientos enconados que dieran al traste con una convivencia llevadera.

Aun así, había encontrado motivos más importantes y llegaba el momento de trasladarse a una vivienda que podría ser la que alojase a su futura familia, donde sus hijos vieran las primeras luces y el rincón perfecto para agrupar a sus amigos. Debería ser entonces una casa amplia, sin moradores demasiado cercanos que pudieran ocasionar las molestias con las que había convivido, confeccionada con criterios propios que le dieran un aire único, de esas que te regocijan cada vez que entras y, al cerrar la puerta tras de ti, te hacen pensar que la hipoteca es una incómoda compañera de viaje pero se soporta con cierta satisfacción porque las contraprestaciones están muy por encima.

Imaginaba Juan que, además, podría ocurrir como en las películas americanas, esas en las que los vecinos observan la llegada al barrio de un nuevo residente y, sin apenas permitir que vacíen las maletas y organicen los armarios, se presentan en su casa para darle la bienvenida cargados de dulces caseros y la mejor de sus sonrisas. Tan distintas fueron las cosas que, al poco de mudarse, empezó a dar credibilidad al refrán: Altos muros, vecinos seguros.

Una cosa es no recibir dulces que celebren tu llegada, otra que observen tu mudanza con recelo e inquietud; entre ambas, cabe una indiferencia vecinal que ignore la novedad, la observación escéptica de los que rara vez otean a través de sus ventanas e incluso la contemplación algo envidiosa pero inocua de los nuevos residentes.

Consideraba Juan Buenvecino que no se puede juzgar a nadie cuando aún no has cruzado una palabra con él y por ello quiso tomar la iniciativa: compró unos pasteles y llamó a las puertas de las cuatro viviendas colindantes. Nadie abrió, a pesar de que se escuchaban ruidos en el interior y pensó Juan que el nombre de la calle, Batalla de Lepanto, no era en absoluto casualidad. Tardó en comerse los presentes -hubiera sido una pena que se perdieran- y supo de sus vecinos a través de dos denuncias y una inspección repentina inducida por alguno de ellos.

Se dio cuenta Juan de que ese no era el lugar donde podría envejecer tranquilo; llegó a la conclusión de que en ese inhóspito sitio solo vivirían los que te ven a través de la mirilla, los que escuchan el susurro ajeno antes que el estruendo propio, los que pasan una mala tarde porque una exclusiva tienda de muebles ha desembarcado sus productos en la casa de enfrente, los que no se interesan en conocer el nombre de tus hijos; en definitiva, los que disfrutan más odiando que queriendo, aunque ambas cosas cuesten casi el mismo esfuerzo.

Y decidió Juan Buenvecino que no volvería a comprar una casa en una calle con nombre de batalla, incluso si en su final hay una excelente pastelería.

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