Historias de Plutón
José A. Secas
Su destino debía estar saturado de tanto trabajo y un poco harto de su errante deambular. El destino como entelequia, como condena; todo cabía en ese futuro continuo que le abrazaba hasta reventarle los tímpanos y que luego le dejaba escapar unos metros o unos días más allá, donde le esperaba una versión transmutada de su propio ser. Su destino se estiraba, crecía y caía (en desgracia) con una facilidad y una cadencia atronadora. Pensaba que siempre las cosas podrían empeorar, y lo hacían. Atraía la fatalidad con una varita mágica hecha de una autoestima en declive al borde del colapso y una facilidad perturbadora para situarse en el medio de espirales en retroceso o en picado. Su destino brillante y glorioso era frágil como los adornos de fantasía que coronan los postres de alta cocina. Su mal duraba ciento un años (y subiendo).
Por aquel entonces su ruina económica era directamente proporcional a la inflación emocional que le atormentaba y al nivel rastrero, casi subterráneo, en el que se hallaba su idea de sí mismo, su otro yo, su ego y el de todos sus avatares, alias, fantasmas y otras variables de suplantación de identidad e identificación engañosa de la personalidad. Era un pobre económico en barrena, venía de muy alto y la dura caída libre de sus ingresos arrastraba a su empeño por vivir una realidad paralela, a menudo por encima de sus posibilidades; bueno, a menudo, no: siempre.
Odiaba el dinero porque no tenía ni un duro, despreciaba el dinero porque no lo alcanzaba, aborrecía la ambición económica porque, para sí mismo, era una aspiración inútil. No sabía cómo había entrado en ese círculo vicioso que te impide alcanzar algo que necesitas y odias al mismo tiempo.
En aquella ocasión, verdaderamente necesitaba dinero para saldar una deuda con la justicia, con la sociedad y con la vida (todo a la vez). Le había llegado el requerimiento al filo de una espada que le paralizaba el alma entre la pared —sin escape— y su brillo amenazante. Paga o morirás de pensamiento, palabra y omisión. No era un apuro, no; eso era una puta ruina, simple y llanamente: una maldita y terrible desgracia.
Tomó entre sus temblorosas manos la agenda telefónica y comenzó a ejecutar un cálculo angustioso: pasar nombre tras nombre como quien repasa un catálogo de jueces implacables o de salvadores desinteresados. Leía los nombres y se imaginaba su cara. Sintió una aprensión tal que el estómago se le encogió, se le revolvió, explotó y se desparramó, impregnando el ambiente con un hedor nauseabundo que, afortunadamente para su reputación y su orgullo, solo tuvo que sufrir él en la soledad de su cuchitril.
Trataba de organizar la lista de familiares allegados y amigos íntimos estableciendo criterios dispares y se volvía loco ante los resultados porque no hallaba el mínimo común múltiplo. Su zozobra oscilaba entre los pensamientos disparatados que le empujaban a suposiciones imposibles de la idea que iba a proyectar en sus prestamistas, hasta la forma de plantear el problema, el dónde, el cómo y el cuándo. Le aterraba despertar miradas que le identificaran como una suerte de abusador profesional o miradas de conmiseración y lástima respaldadas por egoísmo inamovible. Su orgullo en decadencia no le permitía equivocarse de persona. Bueno, tenía reservas y planes B porque estaba seguro de que se iba a equivocar en su diagnóstico.
«La verdadera generosidad no pide explicaciones ni exige sumisión». Esa frase le empujaba a confiar en la bondad del género humano. Se repetía a sí mismo, como una consigna para convencerse de que «tol mundo eh güeno». ¡Qué más quisiera él! A lo peor no era cuestión de bondad, empatía o generosidad; a lo peor era que no tenían posibles… Esto le llevaba a replantear la lista y colocar a los pudientes en las primeras posiciones porque a veces se quiere pero no se puede. Lo malo es que los más desprendidos son los que menos tienen y, en su caso, necesitaba una buena suma, un puñado grande de billetes y, se lo temía, la cosa iba a estar muy malita. Mucho.
En su discurso interno (que tanto necesitaba reforzar para lanzarse a pedir) concluía en las bondades de reconciliarse con la vulnerabilidad. El dinero va y viene —es mero papel tintado o números en una pantalla de cristal líquido—, pero la confianza mutua es la única moneda que no se devalúa. Pedir un favor, cuando es justo y transitorio, no es un acto de mendicidad, sino un voto de fe en el ser humano que tienes enfrente. Él sabía que lo iba a devolver porque tenía asegurado un ingreso real próximo en el tiempo, pero le costaba mucho enfrentar la generosidad, el miedo, la responsabilidad, el orgullo, la justa correspondencia, el amor, la vergüenza y la justificación.
La tesis que sustentaba su discurso era que pedir dinero te degrada, te convierte en pedigüeño, destruye la elegancia del caminante solitario y crea una deuda moral impagable. Por otro lado, se repetía en medio de sus devaneos mentales que pedir dinero te humaniza. El orgullo de «no deberle nada a nadie» es una soberbia estéril. Necesitar del otro es la prueba irrefutable de que no somos dioses, sino criaturas sociales. La verdadera amistad y el amor sincero no florece solo entre las comilonas y las risas, sino en el barro de las contingencias y entre los palos que te da la vida. Terminaba por sumergirse en una contradicción permanente: queremos compartir la vida con los demás, pero nos aterroriza compartir nuestras miserias. Queremos ser generosos cuando los demás sufren, pero nos cuesta un mundo dejar que los demás ejerzan la generosidad con nosotros. La vergüenza de sentirte débil, el orgullo y el ego, en este caso concreto, no jugaban a su favor.
Pero lo hizo. Pidió y recibió.





























This site uses Titan Security to reduce spam. Learn how your comment data is processed .