Desde mi ventana
Carmen Heras
Nunca me ha gustado meditar si me lo mandan. De pequeña, en el colegio, nos invitaban a hacerlo en ocasiones especiales y no se me daba bien. Ya fuera por falta de años o de experiencia, que al fin y al cabo viene a ser lo mismo. Todo sonaba raro y nadie adiestraba al efecto, por lo que los ratos meditativos obligatorios se convertían en un tostón absoluto para las niñas que éramos. Nos aburríamos. Luego, muchos años adelante, tuve un compañero que creía en la meditación y la ejercitaba de manera continua y sistemática. Y le funcionaba. Hoy, es una técnica conocida, recomendada y eficiente, para mantener el equilibrio y la serenidad en los momentos difíciles o complejos por los que todos pasamos.
Aun así yo soy más del estilo de Agatha Christie, cuando decía que se le ocurrían los crímenes de sus libros lavando los platos. Durante la pandemia, a mí me pasaba (salvando las distancias, claro) algo parecido: reflexionaba, meditaba, analizaba y concluía mientras paseaba. En aquel periodo intermedio entre los grandes enclaustramientos caseros y nuestra propia decisión personal, cuando solo podíamos hacer ejercicio en la calle un par de horas diarias y siempre según horario previsto para nuestra edad física, salía de mi casa, cruzaba la avenida, subía la cuesta y estando ya en camino abierto, me daba por meditar pausadamente. Y haciéndolo de manera sencilla pero efectiva, el pensamiento deambulaba por los más variados asuntos hacia mi interior, pues es bien sabido que aquella etapa fue de una soledad grande y absoluta. Para cualquiera.
El primer ministro canadiense Mark Carney contaba el otro día en Davos una anécdota sobre Vaclav Havel (dramaturgo y político, el último presidente de Checoslovaquia y el primero de la República Checa): En la época comunista, cada día, los tenderos colgaban en el escaparate de sus tiendas un cartel con la frase ‘proletarios del mundo, uníos’. Mas que por convencimiento lo hacían para evitarse problemas, con lo que aparentemente el sistema comunista continuaba poderoso, cuando no era así. Personas normales participaban en la mentira del régimen y lo seguían apuntalando, a pesar de ser conscientes de su falsedad. Havel lo llamaba ‘vivir dentro de la mentira’. Mark Carney, al recordar esta historia, viene a afirmar que puede haber llegado la hora de abandonar el engaño sobre lo conocido, que hay reglas y estrategias que no sirven, cuando el orden internacional de siempre ya no sirve. Y su discurso también vale para la política nacional y en los territorios. Quizás (dicho de forma metafórica) haya llegado el momento de quitar el cartel del escaparate. De dejar de fingir y actuar con realismo.
Acaban de celebrarse las elecciones autonómicas en Aragón y antes en Extremadura. En ambas, los resultados han sido muy malos para el partido socialista. En los días previos, los intervinientes en una de esas tertulias favorables al poder oficial vinieron a decir que la subida de Vox en los territorios ayuda a Sánchez a permanecer en la Moncloa. Aún a costa de los candidatos presentados y su defenestración. Porque le dejan el papel de “guerrero invencible” que no debe irse pues ha de luchar contra la ultra derecha y no abandonar al país a su suerte. La tesis es mefistofélica, pero quien sabe…


























