José Cercas

En 1982 viajé a Orihuela con motivo del cuarenta aniversario de la muerte de Miguel Hernández. España vivía todavía los primeros años de la democracia y la figura del poeta comenzaba a ocupar el lugar que durante demasiado tiempo le había sido negado. Había homenajes, actos culturales y una voluntad colectiva de recuperar su memoria.

Sin embargo, lo que más recuerdo de aquel viaje no son los discursos ni los actos oficiales. Recuerdo a las personas. Familiares, amigos y vecinos que seguían hablando de Miguel Hernández no como de un símbolo o un mito literario, sino como de un hombre que había formado parte de sus vidas.

Con el paso de los años he llegado a pensar que Miguel Hernández sufrió varias veces la misma injusticia.

La primera fue la más terrible. La guerra, la persecución, la cárcel y una muerte prematura acabaron con una de las voces más auténticas de la poesía española. Murió joven, enfermo y lejos de la libertad que tanto había deseado.

La segunda llegó después.

Durante décadas, su nombre permaneció envuelto en silencios, prejuicios y lecturas interesadas. Más tarde, con la llegada de la democracia, España necesitó recuperar a Miguel Hernández. Y era justo hacerlo. Había que devolverle el lugar que merecía en nuestra literatura y en nuestra memoria colectiva.

Pero a veces ocurre algo curioso con los grandes escritores. El personaje acaba devorando a la persona. El símbolo termina ocultando al ser humano.

Tengo la impresión de que algo de eso sucedió también con Miguel Hernández.

Durante los años de la Transición fue reivindicado como emblema de libertad, de compromiso y de reconciliación. Su figura servía para explicar una parte importante de nuestra historia reciente. Sin embargo, detrás de aquella imagen pública seguía existiendo el hombre real: el joven pastor de Orihuela que descubrió la poesía entre lecturas apasionadas y trabajos humildes; el esposo enamorado; el padre que sufrió la pérdida de un hijo; el hombre que conoció la guerra, el miedo y la prisión.

Aquellas personas que conocí en Orihuela me ayudaron a comprender precisamente eso. Hablaban de Miguel Hernández con cercanía. No describían un monumento. No hablaban de una estatua literaria. Hablaban de alguien que había reído, sufrido, amado y compartido la vida con ellos.

Quizá por eso su poesía sigue emocionándonos.

Porque antes que ideología hubo vida. Antes que símbolo hubo una persona. Antes que mito hubo un hombre que escribió desde la necesidad de comprender el mundo y de permanecer fiel a sí mismo.

Los países suelen convertir a sus grandes escritores en monumentos. Sin embargo, los monumentos no sienten hambre, no aman, no enferman ni sufren. Miguel Hernández sí.

Y tal vez ahí resida la verdadera fuerza de su obra.

Más de ochenta años después de su muerte, su poesía continúa hablándonos porque nació de una experiencia humana auténtica. En ella encontramos el amor y la ausencia, la esperanza y el dolor, la injusticia y la dignidad. Encontramos, en definitiva, la vida.

Muchos años después de aquel viaje a Orihuela sigo leyendo su poesía. Pero cuando pienso en Miguel Hernández no recuerdo primero al mito ni al símbolo. Recuerdo al hombre.

Y quizá la mejor manera de homenajearlo sea precisamente esa: devolverle su condición más sencilla y más grande.

La de un ser humano que escribió algunas de las páginas más verdaderas de nuestra literatura.

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