José Cercas

Hay hombres que confunden el poder con la propiedad. No gobiernan: poseen, o creen poseer. Les ocurre con frecuencia a los dictadores, que terminan convencidos de que el mundo les pertenece del mismo modo que les pertenecen un palacio, un ejército o una cuenta bancaria.

Es un error antiguo y, sin embargo, siempre vuelve.

Muchos tiranos llegan a creerse dueños del mundo porque se sienten dueños de tres cosas muy concretas: las balas, el disparo y el dinero. Desde sus despachos creen que la historia puede administrarse como se administra un negocio. Piensan que el miedo es una forma de gobierno y que la obediencia puede imponerse o comprarse.

Las balas les dan la ilusión del dominio inmediato. Un disparo puede silenciar una voz, dispersar una protesta o sembrar el miedo en una plaza. Durante un tiempo parece suficiente. Pero las balas tienen un poder limitado: gobiernan el instante, nunca el tiempo.

El dinero ofrece otra ilusión: la de la lealtad. Con dinero se compran silencios, complicidades y adulaciones. Se compran elogios, titulares favorables y fidelidades provisionales. Pero el dinero tampoco compra lo esencial: ni la conciencia de los pueblos ni la memoria de la historia.

Los dictadores suelen olvidar algo elemental: la historia es paciente. Puede tardar años, a veces décadas, pero siempre termina pronunciando su veredicto. Los palacios desde los que se gobernó con miedo acaban convertidos en museos, y los retratos solemnes de los tiranos terminan siendo apenas una nota al pie de los libros.

El mundo, en realidad, nunca ha pertenecido a quienes se creyeron dueños de las balas. El mundo pertenece a quienes lo sostienen sin disparar: los que trabajan, los que enseñan, los que escriben, los que siembran y los que recuerdan.

Las balas pueden imponer silencio, pero no pueden fundar una verdad. El dinero puede comprar obediencia, pero no respeto.

Por eso todos los dictadores terminan descubriendo lo mismo: que nadie es dueño del mundo por ser dueño del disparo.

Cuando el ruido de las armas se apaga y el dinero cambia de manos, solo queda el juicio del tiempo.

Y ese poder, el único verdadero, nunca ha estado en venta.

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