José Cercas

Hay quienes creen que la poesía nace de las palabras. Se equivocan. La poesía nace mucho antes, allí donde el ser humano comienza a preguntarse por el sentido de la vida. Después llegan los versos, como llega el agua al cauce que ya existía.

El amor pertenece también a ese mismo lugar. No entiende de razonamientos ni de doctrinas. Se instala en nosotros con la misma naturalidad con la que amanece la luz sobre los campos o florecen los almendros cuando aún parece invierno. Amar es una forma de comprender el mundo que ninguna inteligencia alcanza a explicar del todo.

Las ideas son distintas. Las necesitamos para ordenar la realidad, para construir una sociedad más justa, para defender aquello en lo que creemos. Gracias a ellas hemos conquistado derechos, derribado injusticias y aprendido a mirar con dignidad a quienes durante siglos permanecieron en los márgenes de la historia. Sería absurdo negar su importancia.

Pero la poesía no nació para obedecer a las ideas.

Nació para ser libre.

Cuando un poema se pone al servicio de una consigna deja de preguntarse y comienza a responder. Y un poema que solo responde corre el riesgo de olvidar que su verdadera misión consiste en abrir ventanas, no en cerrarlas.

Eso no significa que la poesía deba vivir de espaldas al sufrimiento del mundo. Al contrario. Los grandes poetas han sabido convertir el dolor de los hombres en belleza, la injusticia en conciencia y la esperanza en una forma de resistencia. Miguel Hernández no escribió para un partido político. Escribió para la dignidad del ser humano. Y por eso continúa vivo cuando tantas consignas han desaparecido.

Lo mismo ocurre con el amor.

El amor auténtico nunca pregunta primero por las banderas. Antes de conocer nuestras ideas ya ha descubierto nuestras heridas. Antes de saber cómo pensamos ya conoce la forma de nuestras manos. El amor reconoce a la persona mucho antes que a sus etiquetas.

Quizá por eso la poesía y el amor se entienden tan bien. Ambos hablan el mismo idioma. Ambos buscan aquello que permanece cuando el ruido del mundo termina por apagarse.

Las ideologías cambian. Los gobiernos pasan. Las fronteras se dibujan y desaparecen. Pero un verso verdadero continúa respirando muchos años después de haber sido escrito. Porque la poesía pertenece a un territorio donde ninguna bandera puede imponerse sobre la libertad.

Y tal vez esa sea su mayor grandeza.

Recordarnos que, antes de ser de izquierdas o de derechas, creyentes o ateos, vencedores o vencidos, fuimos simplemente hombres y mujeres buscando un poco de luz en medio de la incertidumbre.

La poesía no está llamada a servir al poder, ni siquiera al poder de las ideas.

Está llamada, sencillamente, a recordarnos que la libertad sigue siendo el lugar donde mejor respira el ser humano.

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