Marcos Moreno / Europa Press
Marcos Moreno / Europa Press

José Cercas

Hay lugares que, de pronto, dejan de ser únicamente un punto en el mapa y se convierten en una pregunta.
Ceuta es uno de ellos.
Una pequeña extensión de tierra donde las fronteras parecen tener más peso que en otros lugares; donde Europa y África se miran de cerca, casi se tocan, y donde el mar, que tantas veces imaginamos como espacio de libertad, también puede convertirse en límite, miedo y desesperación.
Estos días vuelvo a mirar hacia Ceuta.
Y detrás de las imágenes, de las cifras, de las declaraciones políticas y de las discusiones sobre quién tuvo la culpa o quién debió actuar de otra manera, intento distinguir algo mucho más sencillo: las personas.
Porque antes de cualquier frontera está el ser humano.
Están quienes viven allí y contemplan cómo su ciudad altera de pronto su vida cotidiana. Familias que sienten preocupación. Comerciantes que levantan cada mañana sus persianas sin saber qué ocurrirá. Niños que escuchan conversaciones que quizá no comprenden. Hombres y mujeres que solamente desean recuperar la normalidad de sus calles.
Pero también están quienes miran Ceuta desde el otro lado.
Personas que contemplan unos pocos metros de agua o una valla y creen que detrás comienza otra vida. Algunos son jóvenes. Otros, apenas niños. Muchos han aprendido demasiado pronto que la pobreza también levanta fronteras y que hay lugares donde nacer determina buena parte del camino que podremos recorrer.
No podemos convertirlos en una cifra.
Las estadísticas cuentan personas, pero nunca cuentan completamente sus vidas.
Europa tiene derecho a proteger sus fronteras. España tiene la obligación de garantizar la seguridad de Ceuta. Y quienes viven allí tienen todo el derecho del mundo a exigir que sus calles, sus barrios y sus hogares no se conviertan en escenario permanente de incertidumbre.
Decirlo no significa renunciar a la solidaridad.
Del mismo modo, defender la dignidad de quien llega no significa negar el derecho de una sociedad a establecer normas.
Quizá uno de nuestros mayores errores consista precisamente en obligarnos continuamente a elegir entre dos extremos: o la frontera o la humanidad; o la seguridad o la compasión; o quienes viven dentro o quienes intentan llegar desde fuera.
Yo me niego a aceptar esa elección.
Una democracia debe ser capaz de proteger ambas cosas.
La frontera y la dignidad.
La ley y la humanidad.
El orden y la compasión.
Porque cuando una de ellas desaparece, algo importante comienza también a desaparecer de nosotros.
Hay demasiadas palabras alrededor de la inmigración que terminan deshumanizando a quienes nombran. Hablamos de oleadas, avalanchas, presión migratoria, entradas, devoluciones. Son términos necesarios algunas veces para explicar una realidad compleja, pero detrás de ellos siempre hay un rostro que la palabra no consigue mostrar.
Y también debemos tener cuidado con el camino contrario: convertir cualquier preocupación de quienes viven en una frontera en falta de solidaridad o rechazo al extranjero.
El miedo también es humano.
Lo peligroso comienza cuando alguien decide utilizarlo.
El miedo es una de las fronteras más fáciles de levantar y una de las más difíciles de derribar.
España y Marruecos se necesitan.
La geografía decidió hace mucho tiempo algo que ningún gobierno puede modificar: estamos condenados a mirarnos. Nos separan fronteras, intereses y diferencias políticas, pero nos unen también siglos de historia, relaciones económicas, familias, culturas y un mar demasiado estrecho para fingir que podemos vivir ignorándonos.
Por eso la relación entre ambos países necesita claridad.
La amistad entre los pueblos no puede consistir únicamente en sonreír cuando todo marcha bien. También exige decir la verdad cuando aparecen los problemas, cumplir los acuerdos y evitar que las personas puedan convertirse en instrumentos de presión política.
Un ser humano nunca debería ser utilizado como argumento diplomático.
Mucho menos un niño.
Hay imágenes que deberían permanecer por encima de cualquier disputa entre gobiernos: la de un menor que llega solo, la de una persona que se arroja al mar, la de una familia que espera noticias, la de quien observa desde su casa cómo cambia súbitamente el lugar donde ha vivido siempre.
En todas ellas existe miedo.
Y frente al miedo solamente conozco una respuesta que no termine engendrando más miedo: la responsabilidad.
Responsabilidad política.
Responsabilidad social.
Responsabilidad también en nuestras palabras.
Porque las palabras pueden levantar puentes, pero sabemos perfectamente que también pueden levantar muros.
Durante demasiado tiempo hemos hablado de la paz como si fuera únicamente la ausencia de guerra. Quizá por eso nos resulta tan sencillo pronunciarla y tan difícil practicarla.
La paz es algo mucho más incómodo.
Obliga a escuchar a quien no piensa como nosotros. Exige proteger incluso cuando debemos poner límites. Nos pide comprender sin justificarlo todo y defendernos sin convertir al otro en enemigo.
La paz no es ausencia de conflicto; es la manera humana de enfrentarnos a él.
Ceuta necesita protección.
Los ceutíes necesitan recuperar su vida.
Los menores necesitan amparo.
Los migrantes necesitan dignidad.
Y Marruecos y España necesitan hablar con la claridad que corresponde a dos países que comparten mucho más que una frontera.
Todo eso cabe dentro de una misma palabra: paz.
Porque la paz no significa mirar hacia otro lado. No consiste en negar los problemas para evitar enfrentarnos a ellos. La paz verdadera exige justicia, seguridad, responsabilidad y respeto.
No hay paz donde gobierna el miedo.
Pero tampoco la hay donde desaparece la compasión.
Desde muchos kilómetros de distancia contemplo estos días Ceuta y pienso en ese pequeño territorio donde Europa y África prácticamente se rozan.
Dos continentes.
Dos orillas.
Dos mundos que quizá nunca estuvieron tan separados como queremos creer.
Y pienso que tal vez la paz comience precisamente allí: en comprender que podemos defender nuestras fronteras sin convertirlas en trincheras y proteger nuestra casa sin olvidar que, al otro lado de la puerta, continúa existiendo un ser humano.
Porque las fronteras pertenecen a los países.
La dignidad, en cambio, no debería tener nacionalidad.

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