José Cercas

EL NIÑO
El niño, perfil y sombra de lo que ha de acontecer,
dueño de la disputa y del juego,
aurora que llega desde el origen de todos los tiempos.
EL NIÑO Y LA NAVIDAD
De pequeño, el mundo era un caballito de cartón que pacía entre los altos rosales del jardín de mis abuelos. Mi vida estaba por comenzar: un camino leve y unos brazos —columnas del cielo— que te alzaban hacia los más altos paraísos del vuelo.
Entonces, la aventura habitaba en los vértices de la imaginación. Los Reyes Magos galopaban en la noche sobre rocines blancos cargados de juguetes. Los árboles se adornaban de frutos y guirnaldas; los pájaros guardaban sus nidos inmaculados bajo la escarcha y la nieve.
Los juegos se abrían a la dulce canción del tiempo. Yo era todo eso: un niño rodeado de antepasados descubiertos en la memoria lejana y familiar que, entre nubes de mazapán y caramelos, venían a reconocerte como nuevo ser vivo en el árbol de un apellido. La casa donde mi abuelo leía bajo el mustio quiosco de las flores es ahora la casa en la que vivo.
Las Navidades eran un cántico de alegría, y la sobriedad del tiempo no arrancaba ni un fragmento de aquella ilusión que sentíamos por todo lo que volaba por encima de nuestra pequeña altura. Adornábamos el árbol del patio, aquel viejo manzano que, a duras penas, resistía las inclemencias del invierno y nuestros juegos inocentes, dibujados en los escaparates del cielo.
La Navidad era todo lo que imaginábamos: la risa que nos llevaba, los padres que nos atendían, la familia aún desconocida y los juguetes que, al alba, los viejos Reyes dejaban junto a los zapatos del sueño.

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