José Cercas

Cuando las ideas no evolucionan, estamos condenados a repetir la historia. Y la historia, cuando regresa de la mano de quienes no han aprendido nada de ella, suele hacerlo con sus viejas herramientas: el miedo, la intolerancia y la obediencia.
La humanidad ha avanzado en conocimientos, ha conquistado territorios científicos que parecían imposibles, ha aprendido a mirar el universo y a descifrar algunos de sus misterios. Sin embargo, continúa tropezando con las mismas piedras morales. Hemos perfeccionado las máquinas, pero no siempre hemos conseguido mejorar la conciencia de quienes las manejan.
Se puede defender un concepto de patria sin convertirlo en una amenaza. La patria no necesita fascismo ni escobazos, ni banderas utilizadas como instrumentos de exclusión. No necesita ideas trasnochadas que pretendan devolvernos a una sociedad dividida entre quienes mandan y quienes obedecen. Una patria digna de ese nombre debería reconocerse en la libertad de sus ciudadanos, en la justicia social y en el respeto a quienes piensan de manera diferente.
El problema comienza cuando el patriotismo deja de ser un sentimiento de pertenencia y se transforma en una coartada para imponer una determinada manera de vivir. Entonces, la patria ya no es un espacio compartido, sino una propiedad privada de quienes se consideran sus únicos representantes legítimos.
Y junto a esa apropiación de los símbolos aparece otra forma de sometimiento: la del poder económico convertido en autoridad moral. El capital no tiene corazón. No conoce el cansancio de un trabajador, la incertidumbre de un jubilado ni la angustia de una familia que no llega a final de mes. Son las personas quienes deberían poner límites a su ambición. Porque cuando el beneficio se convierte en el único principio de una sociedad, la dignidad humana termina subordinada a las cuentas de resultados.
No se trata de negar la economía, sino de recordar que ninguna economía merece ser defendida si exige sacrificar los derechos de quienes la sostienen.
Quizá la verdadera evolución humana no consista en llegar más lejos, sino en aprender a convivir mejor. En comprender que ninguna ideología debería valer más que una vida, que ninguna frontera justifica el desprecio y que ninguna riqueza puede compensar la pérdida de nuestra humanidad.
Defendamos, entonces, el amor. La conjugación de dos cuerpos abrazados. El beso y sus proposiciones infinitas. La mano que se ofrece sin preguntar a quién votamos, de dónde venimos o qué nombre damos a nuestras esperanzas.
Porque amar también es una manera de pensar. Y respetar al otro constituye una de las formas más inteligentes de entender la libertad.
Tal vez la evolución humana comience el día en que dejemos de confundir la fuerza con la razón, la riqueza con el mérito y la patria con la propiedad.
Porque una sociedad no evoluciona cuando aprende a dominar el mundo, sino cuando deja de necesitar dominar a los demás.

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