Historias de Plutón
José A. Secas
Me hago eco de una nueva estafa que, desde hace muy poco, está convirtiendo a algunas personas mayores en víctimas no solo en lo económico, como es habitual, sino de autoestima, confianza y, sobre todo, de fe en la humanidad. Se ha dado en llamar la “estafa del accidente” y consiste en acechar a conductores senior que, al final de una larga vida al volante, se atreven a salir a dar una vuelta en su vehículo para sentirse vivos y capaces a su edad. Los delincuentes observan sus hábitos y costumbres, que a esas edades suelen ser muy repetidos.
Habitualmente, los malhechores, que suelen actuar en pareja, someten a vigilancia a un objetivo propicio que suele rondar los 80 años y está al final de toda una vida conduciendo. Los octogenarios —y en menor medida las octogenarias— suelen sacar su coche los domingos por la mañana, y no siempre para ir a misa de once. Hacen trayectos rutinarios y, por lo general, cortos: de su casa a por churros, a ver a los nietos, a la parcela, de visita y, extraordinariamente, al pueblo.
Los delincuentes deambulan a primera hora de cualquier jornada festiva por las calles de cualquier ciudad, frecuentemente en moto. Es muy habitual que antes de los veinte minutos ya hayan coincidido con algún abuelo al volante. Hacen una rápida evaluación ocular del anciano, fijándose en el vehículo y en su ropa para tratar de calcular su nivel de vida y su pensión. Una vez decidido el blanco, lo siguen hasta identificar su domicilio. A lo largo de la semana estudian las costumbres y conexiones del damnificado y, el domingo siguiente, confirman los horarios y, sobre todo, los itinerarios de su recorrido dominical.
Una vez seleccionado el conductor, disponen la preparación del plan. El “modus operandi” suele ser siempre el mismo. En un paso de peatones “sucio” que esté cercano a una curva, en una rotonda o con vehículos estacionados muy próximos —en una calle, por lo común poco transitada, que esté al final del recorrido habitual—, los estafadores se esconden al acecho. Es de destacar que son profesionales de estas estafas y toman sus medidas de precaución. Aunque conocen las costumbres de sus objetivos y controlan perfectamente sus velocidades y habilidades de conducción, toman las precauciones que sean necesarias para salvaguardar su integridad física.
Normalmente van pertrechados con rodilleras, coderas, muñequeras y espinilleras perfectamente camufladas bajo ropa holgada. A la llamada de uno de los cómplices anunciando la aproximación del vehículo, el delincuente “herido” se coloca casi escondido al borde del paso de peatones y, cuando el anciano lo transita, se “abalanza” prácticamente sobre él simulando un atropello. Ahí está el fraude: es un simulacro. Rápidamente el compinche aparece como testigo del accidente (en un paso de peatones) y lo que viene se lo pueden ustedes imaginar: nervios, presión, amedrentamiento, amenazas y extorsión.
El pobre señor mayor no quiere que le retiren el carné y fácilmente entra en una negociación económica para salvar el pellejo. Todo está grabado con el móvil del compinche, la estrategia está coreografiada por ambos delincuentes y saben cómo embaucar y aturrullar al pobre viejo (o vieja). El silencio y no denunciar tiene un precio. Se han llegado a pagar hasta 20.000 € en algún caso, pero las estafas rondan los 3.000 €. Nunca han permitido que se involucren terceras personas; pocas veces se han arriesgado a que aparezcan más “testigos”. A la mínima sospecha o aparición casual de la policía, desaparecen con un “no ha sido nada”, pero en muchas ocasiones los extorsionadores no han tenido bastante con robar una vez y se han atrevido a repetir el acoso.
Los afectados no suelen hablar de sus errores y sus limitaciones; se resisten a ser considerados como inútiles e incapacitados para conducir, por lo cual no salen a la luz estos delitos. Raramente denuncian y pocas veces comparten sus desgracias (el accidente primero y la estafa después) con los más allegados, y menos con quienes pudieran recriminarles como torpes. El silencio cómplice es un buen aliado para todos los actores de este drama.
Lo mejor de todo esto es que me lo acabo de inventar pero, pensándolo bien, podría ser verdad. Espero que no me haya leído ningún delincuente y también espero que aviséis a vuestros padres y abuelos mayores: hay gente muy mala que puede arruinarles el paseo mañanero con el cochecino que, seguramente, tenga nombre y el identificativo de provincia en la matrícula.


























