Historias de Plutón
José A. Secas
Lo de dar cuatro cuartos al pregonero es una actitud indigna. Los bocachancla y otros especímenes que hablan de más no son de mi agrado, quizás porque yo peco a veces de este defecto y, tal y como funciona la ley del espejo, me veo reflejado en el prójimo parlanchín y son sus zonas erróneas y oscuras los lugares comunes que más me irritan. Últimamente me lo planteo porque ciertas dudas alimentan mi alma y no sé si es cuestión de hacer señales de humo o de tomar chocolate espeso y largar por esta boquita.
Cuando afrontas realidades pertinentes tienes que andarte con mucho cuidado porque por mucho que te conozcas y por lo bien que sepas escuchar a tu yo interior, puedes terminar columpiándote y adaptando mentiras y autoengaños a tu necesidad de sobrevivir o, lo que es lo mismo, si te enfrentas a ti mismo muy en plan chulito y desafiante del to, es menester saber encajar patadas en tus partes y fajarse para aguantar tus propias hostias. Es algo propio del run run de cada cual que se alimenta de conciencia, inconsciencia, manipulación externa, culturas gazpacheras, libros, podcasts y charletas de autoayuda. Parece que hoy en día si no estás «gestionando tus emociones», estás cagándola como un campeón. Me da lástima esa obligación moderna de estar siempre “resolviéndose» a uno mismo y a su propio mecanismo. Es mu cansao.
Además de jartarte de darle vueltas a la pelota con menor o mayor capacidad resolutiva, el común de los mortales termina por cantar y le falta tiempo para largarle a su amigo del alma o al primero que se cruce en su camino sus cuitas y problemas como si no tuvieran bastante con los suyos. Quizás poner negro sobre blanco tus pensamientos sea mucho más práctico y menos agresivo que darle la turra a cualquiera que tenga la desgracia de caer en tus manos en una fase de bajada. A propósito de esto me pregunto: ¿Hablamos (o escribimos) para entendernos o para no escucharnos? Es curioso el asunto de la “contaminación acústica del yo”… Decía que si te ves asaltado por el cantamañanas de turno, lo mejor es empatizar, escuchar (o al menos parecer que escuchas) y llevarle la corriente. Si te abre su corazón di que si.
Otro mecanismo de defensa ante ti mismo y tus tribulaciones de tres al cuarto es sacarle punta al asunto, jugar a ver las cosas desde la otra orilla o desde la otra acera. Pedirle consejo a la IA. Llamar al teléfono de la esperanza. Conectar telepáticamente con seres extraterrestres y estar atento a sus señales. Agarrarte un pedo, sobredosis, jartón o cualquier otro exceso que te atore todos los orificios de entrada o salida de tu cuerpo humano. Ya te digo yo que no vale de nada. Las procesiones que van por dentro son muy dañinas y está bien abrir las ventanas para que corra el aire y le des oportunidad al gato para que se escape. No es aconsejable tragarse según qué cosas.
La tabla de salvación de estos problemas comunes en la gente que piensa más de lo debido suele aparecer cuando menos te lo esperas. En las crisis existenciales estás flotando a la deriva en medio de un proceloso mar y siempre aparece un tablón del barco naufragado al que asirse; unas veces desesperado, otras agotado, otras oportunamente y algunas nada más hundirse la nave cuyo timón se rompió entre tus manos y cuyo mástil que sostenía su vela por poco te revienta el cráneo. Ahí estás: sobreviviendo, adaptándote a las circunstancias, fluyendo y no quedándote atrás. No hay más remedio. La vida sigue y no espera. Después de la tormenta siempre viene la calma.
Y digo yo: ¿por qué me asaltan estos pensamientos últimamente?, ¿no será que estoy en crisis?, ¿no será que no es oro todo lo que reluce ni que todo el campo es orégano?, ¿es posible que esté viviendo una mentira, un sueño, una película o cualquier cosa menos la puta realidad? Y digo más: ¿me estaré engañando a mi mismo?, ¿tendré que pensar menos para no complicarme la vida?, ¿… estamos solos en la galaxia o acompañados?. Lo que sí sé es que rezar ya no me sirve, que las personas talluditas tenemos muchas dificultades para enfrentarnos a nuestros demonios sin salir huyendo y que es más fácil aceptar lo que hay que querer cambiar el mundo. La verdad es que son afirmaciones gratuitas que no tienen mucho sentido y no me las creo del todo, pero ¿acaso no estaba desahogándome en mi confesionario particular? Pues con eso, me vale.



























