José Cercas

Dicen que cuando nació el cosmos, todo a su alrededor era violencia. Columnas de fuego chocaban entre sí, empujando la materia hacia regiones donde aún no existía nada. De aquellos choques nacieron las galaxias; del primer desorden surgieron los planetas, la luz, los océanos. Desde entonces, la historia del mundo avanzó entre estremecimientos: volcanes alzando paisajes nuevos, terremotos moviendo la corteza como una página inacabada, inundaciones borrando lo construido por manos pequeñas y obstinadas.

En medio de ese territorio feroz, la humanidad aprendió a permanecer. Levantó aldeas, ciudades, imperios; inventó dioses para calmar el miedo; buscó sentido allí donde solo había misterio. Pero llegó también la ambición y, con ella, una violencia distinta, más precisa y calculada. El caos, que antes pertenecía a los planetas, terminó instalándose en la mirada de los hombres.

Y, sin embargo, un día ocurrió lo inesperado. Nadie supo cómo empezó: dos seres se miraron y se amaron. Lo hicieron sin leyes ni permiso, sin señales en el cielo. Y aquel gesto mínimo y silencioso alteró el curso de la historia. De pronto importó el cuerpo junto al otro, la familia que nacía, el pueblo que los resguardaba, el viento que llegaba desde el oeste como una promesa.

Pero la ambición regresó, como siempre regresa la sombra detrás de la luz. Las guerras tiñeron de sangre los ríos, grabaron nombres de poder en la piedra, levantaron templos y murallas sobre huesos que nunca quisieron ser cimiento. Y, aun así, incluso en los peores tiempos, surgieron gestos capaces de detener la noche: el pan compartido en un rincón oscuro, el canto que salvaba una jornada, la caricia que vencía al hierro.

Cada destrucción engendró un refugio. Cada ruina trajo un abrazo. Cada llanto dejó atrás a un niño mirando el horizonte, como si intuyera que el porvenir también le pertenecía.

Tal vez la historia humana pueda contarse así: un combate antiguo entre la herida y el beso, entre el fuego que arrasa y la mano que, pacientemente, mima a la ceniza. Y quizá nada cambie demasiado en los siglos por venir. Pero mientras exista un corazón capaz de amar sobre las ruinas, siempre habrá un milagro aguardando su turno.

Artículo anteriorEl Museo Helga de Alvear se sitúa entre los mejores de España

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí