Historias de Plutón
José A. Secas

Hoy, domingo de los dos patitos de marzo, toca despedir una semana intensa en la que he vivido un proceso de máxima concentración de energía creativa destinada a promover iniciativas innovadoras para mi ciudad. Un lujo, un honor y un placer. He comprobado una vez más como las alianzas humanas son naturales y no atienden limitaciones por razones culturales, de raza, edad, religión, sexo, capacidad… también bandera, sensibilidad artística o situación laboral. Todas las personas suman, y si reman en el mismo barco, comparten y colaboran, siempre llegan a buen puerto. También esta semana he vuelto a sentir el paso de la vida destilando sinsabores o amarguras, pero también he disfrutado del máximo valor de la pura amistad entre ricos manjares, música original, complicidad, risas, verdades, lúpulos y taninos.

Yo quería hablar de una enfermedad y de paso reflexionar acerca de cómo la ciencia médica, en su necesidad de castigar nuestra ignorancia con latinajos y vocabulario restringido, nos dice que el sufijo -itis indica inflamación. Otitis, apendicitis, gastroenteritis y dale que te pego cada vez más alborotado (siempre duele). Pero la “hermanitis” es una suprapatología conjunta y plural del espíritu que solo se pudo contagiar por convivencia infantil prolongada e intensa hace medio siglo y por el intercambio masivo e ininterrumpido de anécdotas en torno a una mesa de camilla, dando apoyo telefónico veinticuatro siete o en el ya inevitable grupo de guasa.

Hermanitis es una palabra inclusiva original acuñada en una hermandad de boomers compuesta por dos hermanas y tres hermanos (más Julito, nuestro hermano adoptado) entre los que me incluyo. Incluidos en los síntomas no vamos a buscar dolores, sudores, temblores ni siquiera irritaciones; probablemente si encontraremos un intenso brillo de emoción en la mirada en los estados de juntiña y reunión ocasional o programada. Por seguir diciendo tontunas y bobás en el mismo tono de prospecto farmacéutico añadiré que los pacientes -brothers & sisters- presentan una intensa memoria selectiva colectiva consistente en la capacidad asombrosa para recordar una cena (por ejemplo) con tostadas sobredimensionadas, calentitos en el brasero, recién bañados y viendo la tele en blanco y negro.

He comprobado con júbilo que todos los afectados por la “hermanitis” manifestamos una inmunidad al vil metal. Este es el síntoma más raro y humanista. Mientras que gran parte de grupos fraternales se desuellan por tres pesetas de herencia, los afectados de esta suprapatología sufrimos más que una «alergia al pleito” una manifestación consciente de puro amor. El respeto pesa más que el oro. Por supuesto que sufrimos de eventuales ataques de risa espasmódica surgida de la alteración de un código binario propio integrado en el genoma de nuestro disco duro interior compartido que solo nosotros cinco entendemos y cuyos algoritmos nos vienen dados de fábrica. Un idioma propio nacido entre el 62 y el 74 del siglo pasado de nuestra era. Un tesoro.

Afortunados herederos de una educación tan de su época como adelantada a la vez, los cinco hermanitis nos sentimos orgullosos de nuestros padres y de los unos de los otros, confiamos, nos damos soporte y nos queremos con transparencia y sinceridad. Nos lo repetimos con la intención de inducir y saborear la dulce serenidad de la felicidad contagiosa.

Lejos de manifestarse como una dolencia que nos obligue a postrarnos, la “hermanitis” nos pone en pie frente a las injusticias, las desigualdades y el egoísmo material de un mundo a menudo olvida el valor del compartir. La generosidad aporta satisfacción interna y es gratis. La generosidad se proyecta y se convierte en antídoto contra la epidemia de soledad programada que nos acompaña en la era digital. Claro que los “hermanitis” convivimos con nuestros tiempos y no nos quedamos atrás tecnológicamente hablando, pero además sabemos valorar y disfrutar del momento presente en vivo y en directo, pero, vaya, si no nos tenemos a mano y tenemos que agarrarnos al teléfono tampoco pasa nada… siempre daremos señales de vida al otro lado del abismo (o del podio).

Por aquello de dar coherencia y redondez al discurso, añado que siento que mi ciudad se ha sabido nutrir de la energía positiva que pueden aportar personas del exterior; lo acepta y lo agradece, pero del mismo modo que recibe, Cáceres tiene la justa necesidad de dar para seguir creciendo y mejorando no solo en el ámbito cultural. Me encuentro imbuido en el proceso de dar y a portar a mi ciudad y a mi planeta y tengo la inmensa fortuna de enfrentarme a esta oportunidad con la tranquilidad y el respaldo incondicional de mis amigos y mis “hermanitis”. ¿Se puede ser más suertudo?

Pues nada: que las ciencias de la salud sigan buscando remedios para todos los males, que yo me quedo con mi enfermedad inflamatoria del amor y que no me baje nunca la hinchazón ni se atore esta vena expansiva tan alborotada que me sale de vez en cuando de lo más adentro de mi alma. Y olé (que diría Ander).

Artículo anteriorSanguijuelas del Guadiana: “Todo el mundo tiene un pueblo… y algo que contar”
Artículo siguienteCáceres, capital de la memoria

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí