Kyle Mazza-CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
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Desde mi ventana
Carmen Heras

Los humanos somos bastante parecidos unos a otros, pero también harto diferentes. De un tiempo a esta parte ya no me valen las clasificaciones de pobres y ricos, rubios o morenos, y cosas así. Ahora cuadra más distinguirlos (si ha de hacerse) en taciturnos y reidores, inteligentes o torpes, narcisistas o no…ya ustedes me entienden.

El mundo se ha vuelto un sitio difícil y cada cual hace lo que puede por mantenerse a flote, a veces desde prismas absolutamente idiotas como puede ser el querer destacar por asuntos baladíes. El otro día, unos amigos porfiaban acerca de quien conocía mejor a alguien al que tipificaban como loco. Hay que ver (me dije) con los protagonismos tontos, parecieran querer ser “niños en el bautizo” o “muertos en el entierro”.

Se da la paradoja de que un momento como el presente en el que, con la irrupción de Trump en el panorama internacional, han saltado por los aires los viejos dogmas y las clásicas diplomacias, aún hay personas que juzgan cualquier asunto por su envoltorio: por quien lo dice, por el periódico que lo publica o la emisora que lo detalla, por la organización a la que pertenece.

Saltan, pues, las opiniones inexactas y dóciles con el poder establecido, sea grande o minúsculo, las apuestas descabelladas, los sectarismos. De tanta información como nos llega, surge algo parecido a una especie de abrasamiento neuronal que impide ver las cosas en profundidad y de manera objetiva. Falta el tiempo necesario para la reflexión veraz y sincera. Eso cuando no influye la astucia que supone defender algo, a sabiendas de sus carencias, simplemente porque ayuda en el interés próximo.

La volatilidad de muchos esquemas actuales es manifiesta. Como acostumbro a comprar un periódico cada viernes, el viernes 2 de enero lo hice, pero lo puse sobre la mesa sin leerlo. Por razones diversas: los últimos coletazos navideños, las salidas y entradas con la familia… El sábado 3, el mundo entero se levantó con la noticia de la entrada de EEUU en Venezuela y el traslado de Maduro y su esposa a Norteamérica. Las noticias nuevas e inusuales opacaron el resto de realidad; conectaras con quien conectaras, solo existía un único asunto importante, protagonista de todos los titulares. Tanto, que cuando, esa mañana, me dispuse a leer el periódico del día anterior, los artículos y sucesos narrados en el mismo se me antojaron muy viejos y arcaicos. La época había dado un salto mortal. Y había adquirido la percepción de algo peor.

Son frecuentes los análisis de gente muy sesuda llamada a pronunciarse sobre lo acaecido, sobre sus consecuencias y su resolución. La mayoría son intelectuales muy bien formados o antiguos diplomáticos. Ninguno tiene poder real. Y la pregunta es cómo debieran comportarse los organismos internacionales (creados para el manejo de conflictos) rebosantes de burócratas bien pagados y los políticos en activo y con mando en plaza, más allá de las frases lapidarias, las reuniones en grupo y las ruedas de prensa delante de un periodismo, por lo general, dócil y aburguesado.

Y se me antoja cada vez más necesaria la obligación de los contribuyentes de inquirir seriamente las condiciones de llegada, a cualquier sitio de poder, de los individuos que, aspirando a las mismas, habrán de votar tomando decisiones, sean del calado que sean. Sobre todo ahora, cuando el mundo previsible y conocido ha comenzado a desaparecer. Y otras parecen las reglas de convivencia en vigor.

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