José Cercas
Estoy aquí.
No sé en qué instante ocurre el despertar, pero sucede como la luz cuando el cielo empieza, muy despacio, a desprenderse de las nubes. Nada se rompe: todo se separa con una delicadeza antigua, como si el mundo supiera que aún no estoy preparado para recibirlo.
Abro los ojos y el valle se derrama.
Las flores lo dominan con una autoridad silenciosa. Desde esta pradera el aire se llena de voces: pájaros que sostienen el día con su canto, colores extendidos como una alfombra de cebada, una promesa vegetal que no pide nada a cambio.
Estoy aquí y no sé qué hago en este lugar donde todo es vida.
La palabra se vuelve frágil cuando intento nombrarlo y se diluye en el tono melodioso de los árboles, altos, frondosos, antiguos. Me quedo quieto. Aprendo que el silencio también habla, que la plenitud no se anuncia, que hay paisajes que no esperan ser comprendidos sino habitados.
Aquí, donde la ardilla corretea por la hojarasca, aferrada a su pequeño manjar de encina, ajena a cualquier pregunta. El bosque no duda, no teme, no recuerda. Simplemente es. Y yo, frente a esa certeza, me descubro extraño, recién llegado, como si acabara de nacer en un cuerpo que todavía estoy aprendiendo a usar.
La luz despierta y acaricia mi rostro. No me toca: me reconoce.
El arroyuelo desgrana su son cristalino y la voz del pájaro, desde su morada invisible, se alza con un canto ceremonial y certero. Cada sonido encuentra su sitio. Cada gesto tiene sentido. Y en medio de todo, yo aquí, con los ojos abiertos, llenos de colores, sintiendo cómo la vida se instala en mí sin pedirme permiso.
Estoy aquí, amada.
Aquí, todavía más que antes. Te busco sin moverme, en mi piel desnuda, en la memoria del tacto, en el hueco exacto donde tu ausencia toma forma. No sé si vienes, no sé si existes de este lado del día, pero el cuerpo recuerda lo que el tiempo intenta borrar, y por eso te nombro en silencio.


























