Desde mi ventana
Carmen Heras
La casa en la que viví hasta los doce años tenía una amplia cocina en la que yo me encerraba para estudiar. Llegaba del colegio a las seis de la tarde, merendaba queso con membrillo y a continuación me enfrascaba en las tareas escolares del día siguiente.
Yo odiaba la Geografía, la geografía física (con sus ríos, afluentes y montañas) y la geografía humana (territorios, cultivos, personas). Sin distinción. Era un odio indiscriminado, fruto de la mala enseñanza que nos daban sobre ella, aprendiendo todo el contenido de memoria, buscando al azar en un mapa de hule, las comarcas y sus peculiaridades, o los accidentes geográficos…No existía ni medio gramo de interacción.
La profesora tenía mal genio y se enfadaba. Gritaba a la alumna que no retenía, que no parecía haber estudiado, que no repetía rápido la lección…Hasta a veces se le escapaba la mano, de ahí (niñas de once y doce años) nuestro terror.
Curiosamente yo era una de sus favoritas, pues estudiaba para no defraudarla, para que no se disgustase, aunque la asignatura tal como la percibíamos no era objeto de mi devoción. Por eso, cuando abría el libro para preparar un examen, siempre lloraba. De impotencia, de rabia, de frustración, de miedo…vaya usted a saber…Pura ansiedad.
Las lágrimas lograban tranquilizarme, me servían de terapia, extraían la angustia. Y a continuación, serena, sabedora de que no había otra salida que mi propia potencia, comenzaba, con los codos en la mesa, a leer cada página del libro y a retenerla. Y así hasta el final. Los dos años obtuve matrícula de honor.
Ah, los matices educativos, de entonces y de ahora, tan dispares…
Ya de profesora nos invitaron a las Bodas de Plata de una Promoción de Maestros, Y estando en la comida, nos pidieron a algunos que dijéramos unas palabras. Nos levantamos y hablamos. Con cariño. Habían sido muchachas y muchachos inexpertos y helos ahí, convertidos en hombres y mujeres responsables.
Uno de los profesores asistentes no fue invitado a hablar y decidió (por su cuenta) intervenir. Hizo una loa a todos los asistentes y una loa a sí mismo: “Os he apreciado mucho. Aquí nadie podrá decir que no he mirado por vosotros a lo largo de vuestra carrera”.
Uno de los comensales de mi mesa se levantó: “¿Cómo se atreve (le dijo -exaltado-) a decir que nos ayudó, ya no se acuerda de mí? ¿En qué me ayudó cuando, para poder matricularme cada año, debía presentar un certificado de penales por ser hijo de un hombre que luchó en el maquis? ¿En qué me apoyó cuando ni siquiera pude jugar al fútbol en un equipo local, por ser hijo de quien era? Tuve que emigrar a Cataluña, donde afortunadamente he podido labrarme una forma de vida”.
El profesor enmudeció. Tenía fama (y acciones) de hombre autoritario, defensor de una sola verdad. Se produjo un silencio tremendo. Y una sombra negra flotó en el ambiente y se llevó consigo la alegría.
Mucho ha cambiado todo. Pero no conviene el olvido. Por prevenir.



























