José Cercas

Los dictadores incultos no son una anomalía del presente. Aparecen cuando la cultura deja de ser un suelo compartido y pasa a verse como un adorno prescindible. No llegan al poder por accidente, sino cuando una sociedad ha aprendido a desconfiar de la complejidad.

Conviene precisarlo: su incultura no consiste en no haber leído ciertos libros, sino en una posición activa frente al conocimiento. El dictador inculto no ignora; rechaza. Rechaza todo lo que no pueda reducirse a consigna, emoción inmediata o relato simple. El lenguaje, para él, no sirve para pensar, sino para imponer.

Por eso su discurso es pobre y eficaz a la vez. No busca explicar la realidad, sino sustituirla. Donde hay historia, impone anécdota; donde hay conflicto, señala culpables; donde hay complejidad, introduce ruido. El objetivo no es convencer, sino impedir que alguien más pueda hacerlo mejor.

No necesita prohibir la cultura: le basta con desprestigiarla. La lectura se convierte en elitismo, el conocimiento en arrogancia, la duda en traición. Pensar despacio resulta sospechoso. Aprender parece innecesario. La cultura deja de ser una herramienta de comprensión para convertirse en un estorbo.

En este marco, Donald Trump no es una excepción, sino una culminación. Su éxito no se apoya en una ideología sólida, sino en la transformación de la ignorancia en valor político explícito. No saber, no corregirse, no matizar se exhibe como prueba de autenticidad. La incultura no se oculta y se presenta como cercanía.

Lo novedoso no es la brutalidad del discurso, sino su falta de complejos. La ignorancia no pide disculpas; se ofrece como honestidad frente a una cultura descrita como falsa o desconectada. No se trata de sustituir un saber por otro, sino de desactivar la idea misma de saber.

El dictador inculto no promete comprender el mundo, sino simplificarlo hasta hacerlo manejable. Reduce la política a una dramaturgia moral de leales y enemigos. La cultura estorba porque introduce ambigüedad, memoria y comparación, tres cosas incompatibles con un poder que necesita reafirmarse a diario.

A diferencia del dictador culto, el inculto no teme lo que destruye. No percibe la capacidad de permanencia de las ideas ni la resistencia de la cultura. Cree que todo lo que no controla directamente carece de efectos reales. Esa convicción explica tanto su audacia como su torpeza.

Las consecuencias son profundas y duraderas. Se empobrecen los debates, se deteriora el lenguaje común, se debilita la transmisión cultural. No quedan solo instituciones dañadas, sino hábitos mentales que persisten cuando el dirigente ya no está.

Los dictadores incultos pasan, pero su método permanece. Lo que queda es una sociedad menos exigente con el pensamiento, más cómoda con el ruido y más dispuesta a aceptar la simplificación como norma. Ese legado, a diferencia del poder, no se deroga con unas elecciones.

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