Desde mi ventana
Carmen Heras

Mi nieto, aún muy chiquito, llama huevos con burbujas a los huevos revueltos poco hechos, quizá por las que se forman al batirlos. Como todos los niños, tiene su propio juego de palabras.

La casualidad ha hecho que en días consecutivos yo haya visto sendas películas (“El Cautivo” y “Hamnet”) sobre dos grandes personajes de las letras. La primera, habla de Cervantes durante un periodo aciago de su vida (estuvo retenido cinco años, a la espera de que su familia pagase el rescate), en el que su ingenio, creando y contando historias, le granjeó el respeto del rey de Argel, Hasán Bajá, quien lo tenía prisionero, y de los demás compañeros de infortunio. La segunda trata sobre Shakespeare y, aunque el personaje central es su mujer Anne, en ficción novelada se describe la construcción de Hamlet, una de su obras más famosas, como modo de exorcizar el duelo por la muerte de un hijo. A nuestros dos maravillosos literatos, de una manera u otra, los salva el poder de las palabras.

Vivimos tiempos extraños, adelantados y atrasados a la vez, donde los conceptos cambian de son según quien los maneje. Y con ellos, las palabras que los definieron ya no tienen cabida en nuestro vocabulario. Por anticuadas, contestan algunos. Ya no les hables a nuestros jóvenes del honor, de la urbanidad, de la patria o del respeto, en términos clásicos, porque cada uno tiene solo su propia capacidad de entenderlos, mayormente según la familia en la que han sido criados. Las palabras ya no son equivalentes para todos ni unen, al constituir el magma integrador de nuestra sociedad, sino que separan y polarizan.

Leo un artículo de Andrés Trapiello, tremendamente duro con el gobierno nacional, a cuenta del accidente de tren en Adamuz. Y como respeto mucho la obra de Trapiello, por parecerme un hombre ilustrado, su crónica me ha producido una honda desazón pues, aun pareciéndome despiadada, el buen uso, habitual en él, de los términos, me hace desgranar sus palabras con cuidado, reflexionando sobre ellas y lo qué significan.

Dice Murakami, otro gran escritor, que no existen las palabras nuevas, únicamente debemos contentarnos con darles tonos especiales a palabras completamente comunes. De ser así, nos queda una buena tarea por delante dadas las circunstancias actuales del mundo. Porque esa es otra, nuestra dependencia, cada vez más acusada, en todo lo local, de las decisiones tomadas y palabras dichas (por otros) afuera de nuestros propios entornos. Tanto, que casi da risa (si no fuera tan tétrico) el afán desproporcionado que tienen los políticos de cualquier signo, por puestos, cargos y habichuelas, siempre en plena discusión de unos con otros. Amigos, cada vez resulta más evidente que, para subsistir, a algunos territorios les interesa menos la ideología de sus gobernantes, que el sentido común y la competencia de los mismos. Además de su honestidad, claro. Porque nada hay peor (en estos casos) que la impericia y la falta de criterios y objetivos de quienes tienen que tomar decisiones que a todos nos afectan.

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