Historias de Plutón
José A. Secas
Ha llegado la hora de proclamarlo a los cuatro vientos, sin paños calientes y sin temor al qué dirán, que es la única forma plausible de acercarse a un fenómeno tan testarudo como este: a punto de cumplir las dos décadas publicando colaboraciones literarias en este diario cultural (primero en papel y ahora virtual) provinciano tipo catovi, casi veinte años no engendran a un genio, pero al menos sí que forjan un carácter. Y de carácter (y personalidad), precisamente, va sobrado nuestro protagonista. Un fenómeno. Su magra y magna obra —si se me permite dimensionar con estos palabros mayúsculos lo que verdaderamente es una prolongada conversación consigo mismo interrumpida por la actualidad (candente, por supuesto) y aderezada con monólogos tan profundos como erráticos y tan sinceros como contradictorios— no se sostiene sobre un bluf improvisado y sobrevenido, sino sobre la persistencia reiterativa del propio hecho: volver más o menos regularmente a mirarse el ombligo o hacer un acto de onanismo mental transitorio con la misma seriedad con la que un científico mira a través de un microscopio u otro mira las estrellas (o la luna llena).
Porque por ahí va, en el fondo, su mundo interior, personal y transferible: el de un ser atrapado por la convicción de que lo ínfimo o lo sutil, mirado con lupa o con curiosidad, alberga la grandeza pura y elevada. No hay asunto nimio que no eleve a la categoría de axioma filosófico, ni cuestión excelsa que no acabe siendo reducida a la escala de un tablero de ajedrez. Resulta ser, mirado así, el antagonista exacto de un cronista al uso: donde los más bajan lo extraordinario a la altura de la vista para hacerlo trasegable, él sube el nivel de andar por casa para convertirlo en la octava maravilla. Es truco viejo, claro que sí, pero le funciona porque lo perpetra con una convicción abrumadora y necesaria y, a nuestro inefable protagonista, la convicción no le falta nunca. Convicción tan transmutable, contradictoria e inconstante como sólida, original y fecunda.
Su conocido estilo gazpachero, con el paso de los lustros, se ha ido decantando y asentando como lo hace el poso del vino. Esto no quiere decir que sea una maravilla, pero a veces sí. Al menos lo hace, que ya tiene mérito. Amontona en sus escritos una prosa barroca y borrascosa, acumulativa, de tipo aluvión y casi inaccesible al punto y aparte y a la pausa de respiración, donde una ocurrencia o pedrada empuja a la siguiente sin solución de continuidad, como si temiera que, de detenerse a darse un respiro, el lector se pudiera despistar y escabullir. Su lema es echar (más y más) leña al fuego. Frases largas con subordinadas cabalgándose hasta el punto de construir la ficción de una idea mal amarrada desbordándose por los bordes del propio escrito y por los márgenes de la misma columna de opinión; y justo entonces, de repente, cuando el lector parece que va a rechazar otro bocado más de diarrea léxica y locuacidad, llega un golpe certero, seco, preciso: una frase con enjundia, lapidaria, breve, casi un aforismo (o una greguería), que cierra el párrafo como quien cierra la boca ante un enjambre de moscas. Ese «pallá y pacá» pendular con remate sentencioso es uno de sus signos reconocibles, que delata su mano en sus escritos incluso cuando cambia de rumbo, de ritmo, de sentido o de disfraz. Literalmente un puto crack.
Lo de disfrazarse (no solo para escribir) lo lleva en la sangre y a gala. Siempre ha sido muy teatrero. Sale a la calle con el atuendo que le pide el cuerpo, que le viene al pelo o que está más a mano, o se presenta a sus lectores vestido de indignado social, denunciando miserias mundanas con el puño en alto o lanza en ristre, señalando con el dedo, con la vena hinchada en el entrecejo fruncido y el índice enhiesto; en otras ocasiones se ajusta las lentes y se pone la bata de filósofo de tres al cuarto que ha leído a los clásicos lo justo para citarlos de pasada, apuntalado por la güiquipedia, más o menos con acierto y con gracia divina (de la muerte); otras se calza las sandalias de gurú en rebajas, repartiendo obviedades y sabiduría de TikTok sin ponerse colorao; y otras, las mejores, por cierto, se parte la camisa y desnuda su alma, sin maquillaje, a la pata la llana o con un redoble de espontánea y visceral valentía inconsciente y, entonces, habla de metas inalcanzables, trenes que pasaron, miserias de andar por casa, amigos del alma, amores rotos, muertes cercanas y vidas trabajadas con ilusión e inconsciencia, y ahí, en ese punto exacto y crítico, es cuando el cronista de pacotilla y juntaletras vocacional de tierra adentro roza, sin proponérselo demasiado, algo parecido a la literatura pura y dura.
Aquí está su abismal paradoja, la que se cae por su propio peso, la que canta por soleares, la que no se puede ocultar y huele o brilla: cuanto más pretende pontificar y hacer escuela, más se hunde en la miseria del topicazo ramplón, y cuanto más acepta sus debilidades, cuando la humildad sujeta al ego, cuando confiesa la intrascendencia, la imperfección, la banalidad o la sencillez, más alto vuela. Sus aventuras en el discurso grandilocuente —la denuncia existencial, la motivación inspiradora, el sermón patatero del tránsito de la existencia, la amargura de las expectativas, los sinsabores de la rutina vital— tienden a precipitarse en el mismo pozo donde se hunden los aficionados a la sabiduría popular de rango universal: metáforas manidas, lugares comunes transitados y sucios, pretendidos hallazgos reconocibles y esa frase «profunda» y resultona que al leerla suena bien y parece encerrar cierta enjundia, pero que no es más que pirotecnia barata y, al releerla, se deshincha como un globo al día siguiente de la fiesta de aniversario. Menos mal —hay que admitirlo— que tiene la rara honestidad de reconocer sus errores (a veces hasta pide disculpas por ello) por escrito, por activa y por pasiva; lo cual no le redime del pecado, aunque sí (un poco) de la soberbia y del egocentrismo desbocado al que hiede a veces.
En cambio, cuando deja de ponerse estupendo, abandona sus ínfulas doctrinales y se aviene a contarle al mundo lo que le pasa y anida en lo profundo de su ser —la precariedad, la suerte, la vergüenza, los anhelos, la amistad, la muerte…—, entonces el estilo barroquillo y recargadín deja de ser un vicio tomatero y se torna en la herramienta justa: acumular palabras y sugerir imágenes en un carrusel provocativo justo antes de abrir la herida y generar el desangrado funciona igual que transmite un hipido estrangulado en lágrimas en una confesión sincera que asfixia el alma. Ahí no hay impostura ni cameo, ahí hay oficio, inspiración, arte y una vida plena e intensa vertida sin recato en un papel.
La temática de sus escritos, recurrente por llevar la cantera dentro y no tener que salir a buscarla entre la actualidad o bajo los tópicos del calendario, es siempre la misma. Disfraza y oculta sus temas preferidos y a los que es más sensible, pero suele tocar las mismas teclas: el dinero por carencia o por castigo, la amistad con silencios y abrazos, la identidad entre la evidencia y la mentira, el valor del presente real frente al mundo virtual o de ficción, el paso del tiempo, su relatividad y presencia abrumadora, la actitud vital y sus distintas variedades y, cada vez más frecuentemente, según alcanza él la vejez, la muerte, con la que ha aprendido a comunicarse de frente y a pecho descubierto, sin dobleces, subterfugios ni grandilocuencia impostada, cosa nada fácil ni nada común.
Los valores de su escritura, si hay que bautizarlos sin cortarse un pelo, son: la sinceridad innata, casi impúdica, el humor (con sentido y sin sentido) que no perdona ni siquiera a su propia sombra y, cierto es, una capacidad auténtica y genuina —mérito indiscutible, ¡vive Dios!— de convertir las miserias propias en material compartible sin caer en la autocompasión ni en el exhibicionismo que él mismo tanto desprecia en los demás. Maneja una suerte de autoengaño expositivo particular verdaderamente elogiable y sustancioso. Sus muchas flaquezas son (por orden de aparición): la autocomplacencia de quien a veces escucha y se cree los elogios de un público alejado y poco exigente, la tentación de escoger la palabra redicha y la frase resultona por encima de la palabra precisa y la frase necesaria, la repetición de su esquema y estructura compositiva que acumula, se disgrega y finalmente sentencia. Ya casi parece una fórmula en vez de un feliz hallazgo.
Y aun con toda esta acumulación de análisis y enjuiciamientos más o menos imparciales y acertados por mi parte, con sus tardes flojuchas e improvisadas de sermones reciclados y perogrulladas diseminadas con verborrea, y sus gloriosos momentos de literatura genuina e impactante, hay que reconocerle lo que pocos cronistas provincianos consiguen: una voz identificable desde el minuto uno, una honestidad auténtica que no es siempre certera, pero que nunca defrauda por falsa e impostada, y la rara virtud de estar convirtiendo (presente continuo) su ejercicio literario de casi veinte años en un solo relato personal, ininterrumpido, disperso, contradictorio y vivo, sobre lo que supone ser una persona inquieta, curiosa y alborotada intentando entenderse a sí misma (y al mundo que le rodea, pero menos) de cara al público, regularmente, sin red y sin demasiada vergüenza. Que no es poco, en un quehacer donde lo habitual es justamente lo contrario. Ánimo, Antonio, que tú vales.





























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