José Cercas

Uno no escribe desde donde vive, sino desde donde ha aprendido a mirar.

Hay un momento —no sabría decir cuándo— en que la literatura deja de ser búsqueda y se convierte en regreso: a lo que fuimos, a lo que permanece, a ese lugar pequeño donde la vida no necesitaba explicarse. Regreso también a una forma de entender el mundo sin ruido, sin esa urgencia de nombrarlo todo que, a veces, termina por vaciarlo.

En los pueblos, la palabra no se ha separado del todo de las cosas. Nombra y es. No hay distancia entre lo que se dice y lo que sucede. El pan es pan, la noche es noche, y la muerte no admite rodeos. Quizá por eso quien escribe desde aquí lo hace con otra conciencia: la de no traicionar lo sencillo, la de no añadir artificio a lo que ya tiene sentido por sí mismo.

La dehesa, extendida como una página sin terminar, guarda un equilibrio que no se aprende en los libros. Las encinas no interrumpen el tiempo: lo sostienen. Son una forma de permanencia. Bajo ellas, ahora en primavera, las flores aparecen sin pedir permiso, como si alguien hubiera decidido escribir en voz baja sobre la tierra. Nadie las mira demasiado ni las nombra con precisión, pero están ahí, cumpliendo con una belleza que no necesita ser reconocida.

Siempre hay un río. No importa su nombre. Está ahí, cumpliendo con la lección más antigua: pasar sin imponerse, decir sin alzar la voz. A su lado, uno entiende que escribir debería parecerse a eso. No a la prisa ni al ruido, sino a la persistencia, a esa forma de estar en el mundo que no exige, pero permanece.

He pensado muchas veces que la literatura, cuando es verdadera, se parece más a estos lugares que a las ciudades donde se discute. Allí se habla de estilo, de corrientes, de reconocimiento. Aquí, en cambio, nadie habla de literatura y, sin embargo, todo la contiene: el gesto de quien abre una puerta al amanecer, la conversación que no necesita cerrarse, la memoria que pasa de unos a otros sin dejar rastro escrito.

En el pueblo, la vida no se interpreta: se vive. Y esa diferencia, que puede parecer mínima, lo cambia todo. Porque escribir desde aquí no consiste en inventar, sino en atender: en escuchar lo que ya está, en el silencio, en el paso de las estaciones, en la fidelidad de las cosas que regresan sin hacerse notar.

Tal vez por eso quien ha aprendido a mirar en estos lugares escribe después con cierta renuncia: al exceso, a la brillantez innecesaria, a la tentación de explicarlo todo. Escribir se convierte entonces en un ejercicio de contención, en una forma de respeto, como si cada palabra tuviera que justificarse ante la tierra de la que nace.

Por eso, cuando uno vuelve —porque siempre se vuelve—, no lo hace para recordar, sino para reconocer que aquello que buscaba en los libros ya estaba en la vida. Que la literatura no era un destino, sino una consecuencia.

Y entonces escribir deja de ser una conquista.

Se convierte, simplemente, en una forma de estar.

En una forma de no traicionar lo que permanece.

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