Desde mi ventana
Carmen Heras

Parece que fue Cesare Pavese el que dijo aquello de: “La vida son muchos días”. Y lo complementa Pessoa: “Todo empezó con la primera mudanza”. Y algo así debe ser cierto pues de los recuerdos de mi etapa juvenil hoy, en plena Semana Santa, me viene uno muy vívido, en el contexto de mi lugar de estudios.

Por aquel entonces, la ciudad tenía su barrio marginado, de calles sin asfalto ni aceras, con escasa canalización. Estaba al otro lado del rio, dando cobijo a familias de obreros en casas bajas y pequeñas con cocinas de luz macilenta, copadas de grasa, en donde las chicas universitarias, para hacer el Servicio Social obligatorio, enseñábamos a leer a algún miembro, casi siempre al padre de familia.

Dos días a la semana, al caer de la tarde, un autobús medio desvencijado nos conducía renqueante hacia el ghetto a través de uno de los puentes que cruzaban el rio. Hacerlo significaba, en aquel tiempo, dejar atrás un territorio conocido para caminar por otro, inhóspito, con gentes que miraban hoscas al recién llegado, lejos del entorno seguro por el que, comúnmente, caminábamos. Apartadas de la ciudad, concebida desde allí tan lejana y difusa. A punto de descender del vehículo, el conductor, indiferente, siempre gritaba:

-“Chicas, os recojo a las 10 h, a la entrada del barrio, pasaré una vez por la calles haciendo sonar el claxon, pero no paro, estad atentas, porque si os despistáis os quedáis aquí a dormir”.

De este modo y manera comenzaba la historia del proselitismo exigido y como los granos de arena del reloj de ese nombre, el tiempo de inseguridad daba comienzo. Y de desconfianza, casi de miedo, durante el cual todas, una a una sola en una casa distinta, mirábamos la hora cada poco, despotricando internamente contra nosotras mismas por haber aceptado la idea tan absurda de que seriamos capaces de enseñar a leer sin recursos (más allá de una antigua cartilla, papel y unos lápices) a personas cansadas de bregar en el trabajo, al volver a sus casas por la noche. Y cumplido el esfuerzo, era un placer y una liberación volver a la residencia en la noche profunda del invierno, sentadas y seguras dentro del viejo coche, a través de una ciudad llena de niebla, pues nos parecía, niñas tan jóvenes, que regresábamos a la civilización que nos pertenecía.

Aun así he de reconocer que aquellos episodios de contrastes me mantuvieron lúcida y reconocedora de lo qué significa el privilegio. El de quienes tienen para dar solidariamente y lo hacen, alejados de ritos y liturgias. Y es bueno atestiguarlo, porque la semana santa, que muchos llaman del amor fraterno, no debiera limitarse solo a tener tiempo de asueto o a llevar un varal en una o varias procesiones. Y aunque las condiciones de vida hayan variado tanto para todos, sería bueno, aquí y allá, saberlo y recordarlo. Por si la moscas…Porque nuestro tiempo es ahora un tiempo de puro y obsceno individualismo, con países que van de guerra en guerra que otros sufren, lenguaje del poder y de las armas. Tal pareciera que la Humanidad, inconsciente, se hubiera cansado de sí misma y necesitase, loca, loca, tirar cualquier progreso por la borda y volver a empezar desde su origen.

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