Historias de Plutón
José A. Secas
Tengo seis años y ya voy al cole. Vivo en Cáceres y me siento un catovi. Mis padres (o mis abuelos, o mis cuidadores circunstanciales) me llevan a jugar al parque de Cánovas al lado del Bombo. Los chicos (y alguna chica) mayores juegan al fumbo hasta que algún día los echen de allí. Muchas niñas y niños juegan en los columpios (también los puedes llamar parques infantiles) que están a un lado y a otro del quiosco de la música, terrazas mediante. A mis amigos y a mí no nos gustan, preferimos subirnos a nuestro árbol.
Yo tengo ochenta y siete años y ya no estoy muy católica. Yo sí que soy catovi. Soy viuda desde hace tres años y me cuida Lucilda, una chiquita sudamericana muy buena. Tengo dos hijos y dos hijas y siete nietos: cuatro hembras y tres varoncitos. Menos el segundo, todos viven fuera. Lusi me saca a pasear, si está bueno, todos los días por la mañana y por la tarde Cánovas arriba y Cánovas abajo. Desde el retrete moderno que está hecho una pena, hasta la estatua sin cabeza al pie de la fuente iluminosa.
Voy a cumplir veinte años y estoy estudiando filología inglesa. Vivo en un piso de estudiantes con otros tres colegas de mi pueblo y de la carrera. Paso todos los días por el parque para coger el autobús del campus en el Múltiple a las ocho menos veinte o algo así (si hay clase). Luego subo a mediodía (si sigue habiendo clase) y me como un táper de los que me hace mi madre. A veces me los llevo a la facul cuando me quedo en la biblioteca. La verdad es que no me entero mucho de eso que dicen que pasa en el parque porque yo voy a mi bola, literal, y es todo un poco random.
Desde que estoy en el centro de refugiados esperando mis papeles me paseo con mi paisano de Senegal Antoine N´bonga por ese parque tan bonito que tienen ustedes en el centro de Cáceres. Creo que tengo diecisiete años, pero eso no importa. Antoine y yo ya tenemos móvil y podemos comunicarnos con nuestra familia. Tenemos muchas ganas de poder trabajar. La gente, en general, se porta bien con nosotros; vamos, que nos ignoran. Hay veces que el parque está lleno de gente y horas que no hay nadie. Hay mucha vida en este parque.
Yo voy de paso. He aparcado atomapoculo y voy a toda hostia para Hacienda que tengo cita hace seis minutos. Tengo 38 años, soy autónomo, vengo de Malpartida. No tengo tiempo para contarte la vida, pero por decirte algo te diré que en Cáceres no se vive mal. No me pierdo un WOMAD y mi mujer, mi hermana y sus amigas no fallan con Horteralia. Ya ves, lo primero que se me ocurre tiene que ver con fiesta…
Yo estoy trabajando en la oficina de una gestoría ahí en la Calle San Pedro de Alcántara y voy a ver si me avío en Provecaex en el ratino del café. Tengo mucha prisa, chao. Bueeeno, te cuento que soy de un pueblino de las Villuercas, que tengo 47 años, que mi marido es funcionario de la Junta y que nos conocimos estudiando Empresariales. Vivimos en Nuevo Cáceres tan a gusto. En la empresa donde trabajo son muy formalitos, así que te dejo que el café se enfría rápido y no da para mucho. Ah, tengo dos hijos, bueno: una niña y un niño. Ya están fuera. Son mu salaínos, pero no tienen picardía y han tenido mala suerte con sus parejas.
Es una mañana de esas de “un frío que pela» en Cáceres. La señora mayor camina con su andador vigilada por Lusi, contando los pasos para llegar a la estatua sin cabeza. Van bajando en dirección al Kiosco Colón. El estudiante de Filología va tarde a la parada de bus del Múltiple, corriendo como si le fuera la vida en ello, oye. Antoine y su paisano están sentados en un banco justo al lado del «árbol de jugar», usando el móvil para enseñarse mutuamente fotos de sus pueblos y sus gentes. El destino quiere que la mujer de 87 años tropiece con el bordillo del parterre pelado. Antoine la sostiene antes de que bese el suelo; también peligra la cadera. En ese instante, el tipo que va a Hacienda a toda leche tiene que frenar en seco para no arrollarlos. Mientras tanto, la señora de la gestoría, que se ha ido hasta el Tambo, vuelve con una bolsa cargada de dulces de pueblo, se queda paralizada. El niño del árbol, desde media altura, lanza a su colega de juegos una de las cápsulas ovoideas del pitosporo que cae justo en el táper de lentejas que el estudiante llevaba mal cerrado en la mochila. ¡Qué cosas!
A fuerza de meter el calzador, hemos puesto en danza media sociedad CATOVI (de CAceres de TOda la VIda) y a otra media CAHAPO (de CAceres de HAce POco). Una fracción indeterminada de tiempo, de suspensión perifrástica atemporal, donde la prisa de unos se da de bruces contra la fragilidad de otros, bajo la mirada botánica y provinciana de nuestro querido arbusto coriáceo. Ya la hemos liado.
Y que sepas que toda esta movida es por culpa de un ejemplar de “Pittosporum tobira” que según la Wikipedia es un arbusto de hasta 7 m de alto. Hojas agrupadas en los extremos de las ramas, simples, desde oblongas a espatuladas, con el ápice redondeado o escotado, lampiñas, lisas, con el nervio medio bien marcado como una raya amarilla en el haz, coriáceas, con el haz verde oscuro y brillante y más claras por el envés. Inflorescencias en cimas corimbiformes, con los pedicelos pubescentes. Flores aromáticas con 5 sépalos cortamente soldados en la base, iguales entre sí y pétalos oblanceolados, blanco-amarillentos. Estambres en número de 5, dimórficos: filamentos de 2-3 mm y anteras casi estériles en estambres reducidos y filamento de 5-6 mm y anteras fértiles de color amarillo, oblongas, y de unos 2 mm. Fruto en cápsula ovoidea, tomentosa y dehiscente por 2 a 4 valvas, habitualmente 3. Alberga en su interior varias semillas pardo-anaranjadas, rodeadas por una sustancia resinosa-viscosa blanquecina.
“El saber no ocupa lugar”.



























