José Cercas

Durante años hemos preferido creer que el deterioro de la política española venía siempre de fuera: del populismo, de la polarización, de las redes sociales o del auge de la extrema derecha. Pero conviene asumir una verdad menos cómoda: buena parte del desgaste institucional comenzó dentro de los propios partidos tradicionales, cuando la cultura del poder sustituyó a la cultura del proyecto.

En el caso del PSOE, esa erosión no es un fenómeno reciente. La generación que encarnó la modernización del país terminó, en algunos sectores, confundiéndose con la estructura misma del Estado. Figuras como Felipe González o José Barrionuevo representan una etapa histórica indiscutible. Pero también simbolizan el inicio de una lógica peligrosa: la idea de que el pasado otorga autoridad perpetua.

El problema no es la discrepancia —que es sana— sino el papel que algunos dirigentes veteranos han desempeñado en los últimos años. Cuando referentes históricos desacreditan sistemáticamente a su propio partido, cuestionan su legitimidad interna o alimentan un relato de crisis permanente, el daño no es solo orgánico: es cultural. Se transmite a la ciudadanía la idea de que el proyecto ya no cree en sí mismo.

A esto se suma una política territorial donde algunos barones autonómicos, como Emiliano García-Page, han optado por diferenciarse mediante la crítica constante hacia la dirección federal. La estrategia puede ser rentable a corto plazo en clave regional, pero contribuye a una percepción de fractura que debilita el conjunto.

La consecuencia de esta dinámica es clara: el electorado progresista se fragmenta y el votante desencantado queda huérfano de relato. Cuando la izquierda institucional se percibe ensimismada o desconectada de las urgencias sociales, otros discursos ocupan el vacío. No necesariamente porque sean más sólidos, sino porque parecen más contundentes.

El auge de opciones reaccionarias no se explica únicamente por su eficacia comunicativa. También se explica por el desgaste interno de quienes deberían haber articulado una respuesta cohesionada. Las siglas no se erosionan solo por la presión externa, sino por la falta de coherencia interna.

No se trata de negar los avances logrados ni de borrar la memoria histórica del socialismo español. Se trata de entender que ningún capital político es eterno. Las generaciones fundadoras no pueden convertirse en una autoridad moral permanente que interviene sin asumir responsabilidad directa.

La política democrática necesita renovación constante, cohesión estratégica y claridad de proyecto. Cuando el debate interno se convierte en espectáculo público y el liderazgo se cuestiona desde trincheras personales, el resultado no es pluralismo: es debilitamiento.

De aquellos polvos, estos barros.

Y si no se asume esa responsabilidad, el barro acabará siendo el terreno habitual sobre el que se dispute el futuro.

Artículo anteriorZafra recibe el premio National Geographic por su patrimonio

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí