Historias de Plutón
José A. Secas
Aquí estoy mirando con atención a mi alrededor, fijándome en los detalles inútiles y observando el percal como un espía o un cazador. Estoy en un rincón de este guateque tan pedorro y tan previsible con las espaldas cubiertas por la misma pared que nos encierra y nos define, tratando de pasar desapercibido. Nadie me ha invitado a esta fiesta, pero no sé cómo he conseguido dar el pego y pasar frente las narices del portero sin que me eche el alto. Se nota que soy de aquí. ¿Qué habrá visto en mi expresión: seguridad y dominio de la situación acaso? No se ha fijado en mis calcetines blancos. Confirmo que las modas son cíclicas y estoy seguro de que pronto os volveremos a ver con hombreras y pelos cardados.
La fiesta, amiga, se llama “Año 2026”. Y es un absoluto desastre.
La música es estridente y no entiendo la letra de las canciones. Se oye un estruendo nauseabundo de tambores de guerra mezclado con sirenas y llantos. Me molestan estas canciones supranacionales sin ritmo ni armonía interpretadas por soldados de reemplazo en una guerra de despachos y producidas y distribuidas por líderes pirados e inhumanos. La comida es una mierda. Aparte de servir ruedas de molino en bandejas de plástico, nos quieren hacer beber un mejunje de aguas fecales mentales, filtradas por algoritmos de redes sociales y tertulianos y voceros que confunden el criterio y la consciencia con la bilis y la mala hostia. No se puede beber de estas fuentes fidedignas sin que te salga un sarpullido en el alma o una úlcera en la lógica más absoluta.
Observo perplejo como se apodera de mi el síndrome del impostor. Yo no debería estar aquí. Tengo una servilleta en la mano y una croqueta en la otra. A mi lado hay una planta artificial tras la que me puedo ocultar a la vista de los celebrantes. Mi bebida me da asco, pero hay jamón. La croqueta, esa unidad mínima de felicidad rebozada y frita, es mi único asidero a la realidad. Es de las sobras del cocido o del quemado, creo. O quizá de «descalientos» picados, aderezados con salsa de cruda realidad. Me la como con valentía, como si fuera el último bocado que puedo tragar antes de que empiecen a circular los platos envenenados. Hago un paralelismo mental y me niego a aceptar que el mundo se va al carajo mientras el petróleo sube hasta el borde de la gráfica y mi hipoteca o mi alquiler (esa soga de seda que elegimos para atrezar nuestro cuello) se convierte en una criatura mitológica que devora los ahorros que nunca tuve y aumenta mi precariedad.
Me desplazo invisible por el espacio que nos acoge y nos encierra dando con los talones en el rodapié. Miro al techo para evitar miradas y para pensar. No me preocupa el personal porque sé perfectamente que no han reparado en mi. Temo que se me acerque algún colgado o desubicado y me eche la mano por lo alto. No soporto la invasión del espacio por parte de los expansivos que se creen amigos de todos. No aguanto a los que te pellizcan la mejilla y te dan cachetitos en el cogote. No lo consiento. Evito que se me acerquen porque emito vibraciones de rechazo. Estoy a salvo. Pero me imagino que se me acerca el gilipollas de turno que no percibe y que no se cosca y me suelta algo como: «¿Y tú qué haces aquí, José Antonio?». Y yo me escabullo sin contestar y sin dar explicaciones de que la “A (punto)” de mi nombre no es de Antonio ni de Ángel, Alberto, Andrés o Armando. No entendería el juego de palabras de alguien que solo se llama José.
Y tiene razón. ¿Qué hacemos nosotros, los humanistas de andar por casa con la cabeza caliente, en la fiesta de una año (el 26, concretamente) en la que parece haberse decidido que la evolución de la humanidad es un trámite demasiado lento y que es más divertido acelerar los proceso a base de andar «jodiendo la marrana” y tocarle las partes pudendas al prójimo? Me refiero a la guerra. Qué ganas de que se acabe esta sinrazón.
A veces me pierdo en los corredores, los claustros y los patios de atrás del local de la fiesta y me difumino entre el barullo de los españoles hablando a voces de otros españoles ausentes y poniéndolos a escurrir o de las chácharas construidas a base de enfrentamientos por chuminadas y lejos del mal rollo que se respira en el photocall de la existencia. Me entran unas ganas terribles de acercarme al guardarropas a retirar mi capa y mi boina y largarme a mi Plutón —que ya ni es planeta ni es nada, el pobre, como yo—. Pero entonces, justo antes de alcanzar la salida de emergencia, doy el volantazo.
Recojo velas. Me centro.
Miro al género humano, ese invitado borracho que vocifera y esconde una pena grande en su alma y que parece estar a punto de caer redondo al suelo, y a pesar de todo, confío en él. Confío en el amor. Es una afirmación rotunda, casi obscena en su optimismo infantil, como llevar un clavel en el ojal durante un bombardeo en el centro de Bagdad. Pero es que la evolución es así de caprichosa: un «cero coma mierda» de extensión vital no nos da para ver el cuadro en su máxima expresión, solo para apreciar el brochazo sucio que nos ha tocado vivir.
Sé que atraviesas tiempos turbulentos, lectora amiga, tú que también estás en un rincón de esta fiesta mirando el móvil para disimular que no conoces a nadie. Sé que este primer cuarto del 2026 te ha dejado el ánimo como un folio arrugado. Yo he venido aquí hoy a ensuciar este blanco disfrazado de protagonista de un relato imposible en una fiesta ilógica, a dar vueltas como un tonto, a eyectar frases hechas y a recordarte que, aunque el asesino del final del libro resulte ser el mismo que nos vende la gasolina, todavía quedan rincones discretos donde saborear el riesgo de estar vivos.
No quiero calentarte más los cascos. No hay epílogo que valga porque no he llegado a ninguna conclusión coherente. He abusado de tu confianza para traerte hasta este último párrafo y dejarte con el sabor de mi mala acción, que no es otra que recordarte que el mundo está fatal, pero que tú y yo seguimos teniendo la capacidad de mariposear entre las ruinas mirándonos a los ojos y esbozar una sonrisa casi sincera.
Perdóname el artificio. Soy un descerebrado, un enrea, un impostor que se va de esta fiesta con los bolsillos llenos de jamón de Montánchez, ese milagro extremeño que debería ser asignatura obligatoria en las escuelas -mejor que el de Jabugo y el de Guijuelo- y el corazón un poco menos agorérico. Al fin y al cabo, si este 2026 tiene que ser peor por mi culpa, que al menos sea porque te he hecho perder el tiempo con un poco de raspadura literaria de alta graduación.
Rasca, relativiza y, sobre todo, no te dejes estrujar tus partes sensibles. Nos vemos en la próxima fiesta. O en el próximo naufragio. Quién sabe, amiga. Yo, de momento, me voy a buscar otra croqueta mientras el mundo decide si explota o se pone a danzar de una maldita vez.

























