José Cercas

Las ciudades, como las personas, tienen carácter. Algunas viven de la prisa. Otras viven del ruido. Cáceres, en cambio, vive del tiempo.

Quizá por eso no resulta extraño que la ciudad haya alcanzado la fase final para convertirse en Capital Europea de la Cultura en 2031, un reconocimiento que distingue a aquellas ciudades capaces de proyectar su patrimonio cultural hacia el futuro del continente. En esta última etapa de la candidatura, Cáceres compite con otras ciudades españolas de gran tradición cultural como Granada, Oviedo y Las Palmas de Gran Canaria. La decisión definitiva se conocerá en diciembre de 2026.

Pero más allá de la competencia entre ciudades, la presencia de Cáceres en esta fase final invita a reflexionar sobre algo más profundo: el papel que la cultura sigue desempeñando en una ciudad cuya identidad está marcada por la historia.

Cáceres no es únicamente un conjunto monumental excepcional. Su casco histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad, constituye uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura medieval y renacentista en Europa. Sin embargo, la importancia cultural de la ciudad no reside solo en sus murallas, en sus palacios o en sus torres. Reside también en la manera en que ese patrimonio continúa formando parte de la vida cotidiana.

Quien recorre sus calles descubre que la historia no está encerrada en los libros. Está en las plazas donde se reúnen los vecinos, en las iglesias que siguen marcando el ritmo de los días, en las piedras que han visto pasar generaciones enteras. La cultura, en este caso, no es únicamente una herencia: es una presencia.

En los últimos años, además, Cáceres ha reforzado su actividad cultural mediante festivales, iniciativas artísticas y proyectos que buscan situar a la ciudad en el mapa cultural europeo. La candidatura a Capital Europea de la Cultura forma parte de ese esfuerzo colectivo por convertir el patrimonio histórico en un motor de desarrollo cultural, social y económico.

Europa no busca únicamente ciudades con monumentos. Busca ciudades capaces de interpretar su pasado y transformarlo en un proyecto de futuro. En ese sentido, Cáceres representa un modelo singular: una ciudad que ha sabido conservar su memoria sin renunciar a la vitalidad cultural de nuestro tiempo.

Es posible que el jurado europeo elija finalmente a otra ciudad para ostentar el título en 2031. La competencia es fuerte y cada candidatura presenta méritos suficientes. Pero incluso si el resultado final no fuera favorable, el simple hecho de haber llegado hasta esta fase demuestra que Cáceres posee algo que trasciende cualquier reconocimiento oficial.

Porque hay ciudades que construyen su prestigio con grandes proyectos y otras que lo construyen con el paso de los siglos. Cáceres pertenece a esta segunda categoría.

Y quizá ahí resida su verdadera fuerza cultural: en haber sabido convertir el tiempo, la memoria y la identidad en una forma de patrimonio que no pertenece solo a la ciudad, sino también a Europa.

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