El 8 de marzo no es una fecha para celebrar, pero sí creo que es una fecha necesaria para reivindicar y echar la vista atrás por un momento para ver el camino recorrido. Es importante reconocer a aquellas mujeres que abrieron puertas por las que hoy podemos transitar con un poco más de libertad. En mi caso, esos caminos tienen banda sonora y esa banda sonora tiene nombres de mujer. 

Durante mucho tiempo las mujeres en la industria musical eran vistas simplemente como voces, rostros o musas. Sin embargo si observamos con atención y tenemos en cuenta sus decisiones y el contexto en el que les tocó desarrollar sus carreras, podemos llegar a ver que también fueron resistencia, innovación y liderazgo en una industria en la que no se las quería al mando. El talento de las mujeres no solo brillaba, sino que tenía que justificar su presencia, por ello se les pedía ser impecables para ocupar el espacio que a los hombres se les daba con mayor facilidad. Algo que sigue sucediendo en muchos contextos a día de hoy.

En el mundo del jazz, admiro muchísimo a figuras como Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan o Nina Simone, quienes no solamente estaban al frente dominando el escenario, sino que además desafiaron las expectativas de lo que debía ser una mujer (especialmente una mujer negra) dentro del mundo del espectáculo. 

Ella Fitzgerald, con su elegancia, sofisticación y precisión elevó el scat (la improvisación vocal) y como dato que no sé si mucha gente conocerá, fue la primera mujer en la historia en ganar un premio Grammy, lo cual es un hito simbólico, una mujer afroamericana liderando y legitimando el jazz en una industria desigual. 

«Una mujer en el escenario no está pidiendo permiso, sino ocupando su espacio»

Sarah Vaugan comenzó a destacar desde bien joven en un mundo de hombres como lo era el jazz gracias a su brillantez. Era tal la técnica y el registro vocal que tenía, que improvisaba y modificaba melodías como un instrumento más, con maestría y complejidad, ganándose así el respeto de todo el mundo.

A Nina Simone la discriminación racial y de género en los Estados Unidos de los años 40 y 50 le cerraron las puertas de la música clásica y tuvo que aprender a expresarse musicalmente dentro del jazz y el blues. Transformó la manera de hacer música con el piano y como cantante, utilizó las canciones como arma política y social, con mensajes de libertad y concienciación. 

Ellas no solo cantaban standards de jazz, sino que se abrieron paso e impusieron su autoridad desde el talento, en un mundo dirigido por hombres (productores, directores de orquesta, dueños de clubes y un largo etcétera).

En paralelo, también estaba viviendo transformaciones el papel de la mujer en los musicales, ya que el papel femenino pasó de ser el personaje secundario, romántico e ingenuo a convertirse en figuras con protagonismo y mayor complejidad. Para mí, nombres como Barbra Streisand o Julie Andrews son inspiración e imprescindibles.

Barbra Streisand rompió, con historias como “Funny Girl”, con la idea de mujer como un simple interés romántico. Es un gran ejemplo de mujer con control creativo, criterio propio y una personalidad única y aplastante en escena. Fue la primera mujer en ganar un Golden Globe como directora de cine, con la película “Yentl”, la cual además protagonizó y produjo. Como respuesta a su merecido éxito como directora recibió críticas negativas por su exigencia y determinación. Estoy segura de que las críticas no habrían sido tan duras si se hubiera tratado de un director, una figura masculina.

Por su parte Julie Andrews destacaba por su perfección, la técnica, la limpieza vocal, la elegancia y una fortaleza que demostró que las heroínas aparte de dulces, también pueden tener liderazgo narrativo y ser las protagonistas de las historias.

Estas mujeres me enseñaron que una mujer en el escenario no está pidiendo permiso, sino ocupando su espacio. Y hoy, como cantante entiendo que cada vez que interpreto una canción también heredo esas historias. La de Nina Simone al cantar “I Wish I Knew How it Would Feel To be Free” cuando no era fácil hacerlo. La de Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan que con la libertad de su scat al improvisar se convirtieron en las autoras de su propio discurso. La de Barbra Streisand cuando al cantar “Don’t Rain On My Parade” declara que nadie va a limitar su vida ni sus ambiciones. O la de Julie Andrews cuando al cantar “A Spoon Full of Sugar” nos deja claro que Mary Poppins no es un personaje frágil, sino uno capaz de liderar y romper las barreras.

Este 8 de marzo os invito a escuchar con atención la voz de estas (que son inspiración para mí) y muchas otras mujeres que como decía antes, nos han abierto las puertas. Pero no se nos puede olvidar que la lucha por la igualdad es todos los días del año y que gracias a mujeres como ellas, hoy muchas podemos cantar no solo para emocionar, sino también para existir con plenitud en el escenario, por eso no podemos permitirnos dar un paso atrás, por ellas, por nosotras y por las que vendrán.

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