Historias de Plutón
José A. Secas

Hoy toca levantar un edificio chingón a base de palabras. Voy a tratar de reconocerme más allá de la propia intención. Serán los ladrillos que vaya colocando en hiladas ensambladas con la argamasa del lenguaje. Había elegido piezas de lego, pero esas no necesitan pegamento. El monumento que quiero erigir se lo dedico a la pura existencia plena y feliz. La inspiración viene de mi hermana del alma; ella es la arquitecta y yo solo soy un albañil que se mancha las manos con la cal y la arena del verbo. Para ti, amiga, hermana.

La primera parada de esta obra exige un enraizamiento físico, una suerte de «sintaxis corpórea”. Antes de hablar hacia afuera, el templo necesita hablar hacia adentro. Te invito y te recomiendo «aterrizar» la mente para tomar consciencia del milagro del ahora; el tan cacareado “momento presente”: pon los pies, ambos, literalmente descalzos sobre el suelo, y plántate, enraízate, con la rotunda seguridad de que no vuelas, de que estás exactamente donde tienes que estar. Ahí, sin cruzar las piernas, sin desviar los pesos del cuerpo, en equilibrio estable, sin amagos de huida: respira. Para y respira de nuevo. Hondo. Pon toda tu intención y los cinco sentidos en la inhalación y en la exhalación.

Esta consciente práctica meditativa al arrancar el día es el «punto y aparte» que le pones al torbellino mental que nos asalta inmediatamente al despertar justo después de la tregua del sueño. La respiración es el ritmo, la puntuación exacta —una coma, un punto y coma— para no ahogarnos en la frase farragosa de la rutina diaria que se despereza. Al activar esta atención despierta, obligas a la mente a usar los adjetivos de la realidad fría y tangible («el café está amargo», «el suelo está frío”, “el día está despejado») en lugar de los adjetivos del drama («vaya mañanita que me espera», «todo es terrible»). Ver el telediario o escuchar las noticias, no ayuda. La ansiedad nos hace hablar en un futuro pluscuamperfecto que jamás llegará a existir; bajar la atención más allá de la suela del zapato y anclar los talones es obligar al cerebro a conjugar el presente de indicativo: «Piso, luego estoy». La planta del pie es el sello con el que firmamos nuestro contrato de permanencia en la Tierra. El cuerpo activo es, en fin, el primer párrafo del día.

Una vez asentados los cimientos, propongo escribir una «poesía concreta» a través de la piel. Bueno, esa poesía no tiene hora o, mejor: cualquier momento es bueno. Se trata de dar, al menos, un abrazo que sostenga el tiempo durante más de ocho segundos. En un mundo que tiende al aislamiento y a las distancias profilácticas, un abrazo largo es un diálogo sincero y sin fonemas; es rescatar la palabra «refugio» del diccionario y convertirla en carne vibrante y agradecida. También puedes rescatar otra palabra: “catapulta”. Cuando cruzas la barrera de esos ocho segundos achuchando de corazón, el murmullo de la queja se extingue porque el cuerpo emite un verbo incontestable: sostener. Por un lado te sostienen, pero también te impulsan a base de oxitocina, serotonina, dopamina y endorfina. Es el antídoto contra el lenguaje del desamparo. Habla con abrazos: todos los idiomas lo entienden, todos los cuerpos responden.

A lo largo de las horas, te conviene monitorear los tiempos verbales que transita tu mente y vierten tus labios. Observa si te arrastras por el fango del pasado o si corres hacia el abismo del futuro, cuando lo único que sostiene la arquitectura de la vida —no lo digo yo: lo dicen todos los filósofos y sabios desde que el mundo es Mundo—es este presente continuo, este gerundio constante del estar siendo. ¿Cómo medimos que estamos sanando o mejorando? Porque cambia nuestra gramática del sufrimiento. El dolor ya no se asume como un adverbio de modo eterno (“siempre sufriendo»), sino como un accidente gramatical estrictamente transitorio («ahora mismo estoy enfadada, pero se me pasará en un ratino»). Al acortar la duración del drama, estás editando el texto de tu jornada para que la amargura sea solo una nota a pie de página y no el argumento principal de tu novela.

Y así, viviendo intensa y conscientemente, alcanzamos la hora de ir a la cama para coronar el edificio por todo lo alto (como la cruz de cuatro brazos de la Sagrada Familia): convirtiéndote en el corrector de estilo de tu propia vida. Oblígate a recordar y apuntar mentalmente los diez sucesos y acontecimientos especiales y agradables, los diez destellos de buena vida provocados por ti o dirigidos a ti que te han salido al encuentro o has generado a lo largo del día. Esto es gloria bendita para el alma. Al buscar activamente lo provechoso y satisfactorio, cambias el tiempo de la oración: dejas de ser el sujeto pasivo al que «le pasan» las cosas (voz pasiva) y te transformas en el verbo activo que hace que las cosas pasen o que incorpora conscientemente los detalles de la existencia que le hacen a uno más feliz. Eres el autor, ya nunca más el mero lector resignado que se traga lo que le echen.

Si los pies firmaron el contrato con la tierra por la mañana, el espejo reclama la última lectura del texto por la noche. Este es el vocabulario del espejo, el léxico con el que te nombras cuando nadie te oye. Analiza la sintaxis de tu monólogo interior; a veces nos dirigimos a nosotros mismos con una crueldad tan barroca y despiadada que jamás osaríamos escupirla a la cara de un extraño. Más que crueldad, es ignorancia. Aprender a transcribir ese inventario de minucias amables no es un pasatiempo: es aprender el dialecto indómito de la compasión. El dolor, cuando se enquista, no es más que un mal poema: pomposo, rimbombante y fatigosamente repetitivo. La madurez espiritual consiste en meterle la tijera de podar al drama, tal como se purga un manuscrito plasta que no va a ninguna parte. Si una ofensa o un contratiempo antes te amargaba una semana entera y ahora logras que te dure apenas una tarde, has ganado seis días enteros de literatura interior nítida y de altísima calidad. Un texto listo para ser vivido y publicado en portada a cuatro columnas (y foto).

Amiga, colega, cuate, socia, camarada, correliogionario, amigo mío… cuidado con lo que te susurras al oído cuando nadie te escucha, porque el cerebro es un siervo fiel que levanta imperios o cava tumbas según los verbos que le dictes. No eres el resultado de tus circunstancias; eres el resultado de la sintaxis con la que dibujas tus naufragios. Si en tu texto diario decides que un sencillo paso es todo un anclaje, que ocho segundos de piel con piel son un salvavidas y que diez pequeñeces vitales rescatadas con amor son un tesoro, habrás descubierto el gran secreto del humanismo: que no estamos hechos de carne y hueso, sino de las palabras que elegimos para salvarnos.

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