La amistad y la palabra
Enrique Silveira
No se puede saber con exactitud quién salía más beneficiado en aquellas inenarrables tardes de domingo, pero sí es seguro que la placidez y/o el divertimento las presidían. Si uno se refiere a la década de los setenta del siglo pasado con memoria lúcida, reconoce implícitamente que peina canas y que la jubilación o ha llegado o se la espera con ansiedad en pocas fechas y recordará el cine dominical como uno de los momentos más entrañables de su infancia.
Los padres nunca se quejaban cuando sus hijos solicitaban los cinco duros que costaba la sesión vespertina de los domingos porque ello auguraba unas horas de asueto sin prestar atención a la progenie o una larga tarde de siesta hasta que el bullicio volvía a instalarse en los poblados hogares. Tras la comida, más rápida de lo habitual, la chavalería corría hasta uno de los inmensos cines que poblaban la ciudad para ubicarse lo mejor posible en la sala. El espectáculo comenzaba a las 15:30, con el bocado aún entre los dientes, y finalizaba cuando la tarde languidecía, hora de volver al redil familiar con parsimonia. Durante el trayecto, sin saber lo que era una crítica cinematográfica, había que dejar bien claras entre los acompañantes nuestras impresiones acerca de lo presenciado, a veces con vehemencia, pero sin llegar a la perenne irritación y los modales tabernarios que gastan casi todos los que viven de la crítica de cine. Cuando llegábamos a casa, nuestros padres nos recibían con cariñosos aspavientos porque había pasado el suficiente tiempo como para echarnos de menos y soportaban con aparente interés los arrebatados comentarios sobre lo vivido.
La sesión contenía dos películas entre las que se ubicaba un descanso destinado a reponer fuerzas con el bocadillo preceptivo, las chucherías que se conseguían tras esperar turno en la cola – más bien tumulto- o, lo más habitual, ambas cosas. No se puede olvidar el olor que se agarraba con fuerza en la sala de proyección en el reinicio, los ruidos propios de la ingesta y los intercambios de vituallas para ampliar la gama de sabores.
Uno de los momentos más interesantes de la velada se producía entre ambas proyecciones. Aún de pie y con las luces encendidas atisbabas el entorno con la ilusión de cruzar la mirada con la chica que te agradaba cada día más y de la que esperabas que algún día ocupara el asiento contiguo, se aproximara temerosa en las películas de terror y rozara tus manos en las que había algún lance sentimental. Si tenías desparpajo, la salida era un buen momento para provocar un encuentro, pero debías realizar delicadas maniobras, vamos como Fernando Alonso en los arranques de las carreras antes de que el enésimo fallo mecánico lo deje en la estacada.
Por la pantalla circulaban personajes inolvidables que producían una panoplia de sensaciones y despertaban la imaginación de los jóvenes. Desde El Zorro a Maciste pasando por Fu Manchú, Cantinflas, los inefables hermanos Marx, un sinfín de romanos y no menos vaqueros, los unos martirizando cristianos y los otros luciendo habilidad con el lazo y rapidez con el revólver. Había sitio también para alguna de miedo, que ponía tus tragaderas a prueba, otras que rememoraban las hazañas bélicas que recordaban la inevitable barbarie del ser humano, las atractivas cintas de catástrofes y, sobre todo, las españoladas, que décadas después nos producen una sonrisa bobalicona porque se dejaban ver sin grandes esfuerzos y han ganado prestigio con los años. En ellas se mostraban Joselito, Marisol y Paco Martínez Soria pero también una pléyade de actores patrios – jóvenes por entonces – capaces de asombrarte por sus dotes escénicas que fueron creciendo con el tiempo. Y es que nuestro terruño ha sido – y sigue siéndolo – generoso en intérpretes de primera categoría, aunque parco en costosos efectos especiales.
El cine era divertido a secas. Nadie memorizaba el nombre de los directores ni el del productor, tampoco el del responsable de fotografía, fuera eso lo que fuera. Nos bastaba con inmiscuirnos en el argumento – ahora se llama empatizar- y creernos romanos con falditas pero implacables con la espada, vaqueros tan rápidos con el revólver que solo permitían el pestañeo del contrincante antes de tumbarlo a balazos, personajes bíblicos que mostraban el camino a los impíos, héroes imbatibles garantes de la justicia…todos ellos tan alejados de la rutina habitual que vivías unas horas ajeno a tus cuitas y transportado a mundos inalcanzables pero muy cercanos mientras ocupabas esas butacas.
Por entonces, Goya solo era una gloria nacional que te enseñaba Historia al tiempo que te estremecía con sus pinturas. Ahora también da nombre a los premios del cine español – no es seguro que ello le produjera agrado – donde los señores visten americanas de amplias solapas para poder ubicar pines y pegatinas reivindicativas y en los que se encumbran películas que reproducen con crudeza los problemas del mundo que nos rodea para que no podamos olvidarlos ni cuando vamos al cine. Las películas describen con inclemente realismo las zonas más tenebrosas de nuestra sociedad no con intención de divertirnos – faltaría más- , sino con indudable ánimo de aleccionarnos, sensibilizarnos y, sobre todo, recomponer nuestros principios, que no se puede vivir bajo la tutela de la ingenuidad adolescente.
No flojees, lector, todavía nos queda la vis cómica de los intérpretes españoles, insuperables en el género menos apreciado en los premios, pero que nos sacan de la rutina a fuerza de provocar nuestras carcajadas. Los ciclos de Bergman, Truffreaut, Passolini o la zona espesade Visconti podrán seguir ocupando las filmotecas y las proyecciones de los días laborables, pero, por favor, cineastas, pensad en divertirnos, que para recordarnos las miserias del mundo ya están los noticiarios.

























