El 8M nos invita a reconocer los referentes que nos construyen. ¿Qué mujeres, artistas o no, han sido fundamentales para que hoy seas la profesional y la mujer que eres?

Antes de responder, creo que es importante matizar algo que para mí es clave: no vengo de un entorno en el que se haya hecho distinción entre hombres y mujeres. Me he criado en una familia donde la igualdad ha sido siempre total y absoluta, tanto en lo laboral como en lo personal. Mis padres han trabajado toda su vida con el mismo esfuerzo, el mismo mimo y el mismo compromiso, y eso ha sido el mayor ejemplo posible. En casa siempre hemos ido todos a una y ese sentimiento de equipo es uno de los valores que más me ha marcado y que más sigo valorando hoy.

Lo mismo ocurrió con mis abuelos, que también vivieron desde esa idea de unidad, de responsabilidad compartida y de respeto mutuo. Esa base es, sin duda, el punto de partida de todo lo que soy ahora, tanto como persona como profesional.

A partir de ahí, es cierto que con el tiempo una acaba fijándose especialmente en las mujeres. Mi madre es, sin duda, uno de mis grandes referentes: por su constancia, su capacidad de trabajo y su forma de estar siempre, sin hacer ruido, pero sosteniendo mucho. También mi hermana mayor ha sido y sigue siendo un ejemplo para mí, así como otras mujeres de mi entorno cercano que me han demostrado que se puede avanzar con firmeza, sensibilidad y coherencia.

Más allá del ámbito personal, me inspiran mujeres de distintos sectores que han sabido abrirse camino desde la honestidad y el trabajo bien hecho, sin necesidad de encajar en moldes ni etiquetas. Mujeres que han construido su propio lugar con paciencia y determinación, y que demuestran que el verdadero referente no siempre es el más visible, sino el más coherente.

En tu proceso creativo, ¿qué importancia tiene el diálogo con otras mujeres artistas para alimentar tu propia inspiración y tu “universo de piezzas”?

El diálogo con otras artistas es importante, pero no desde un lugar excluyente. Mi inspiración no entiende de género: sigo, observo y aprendo tanto de mujeres como de hombres, porque al final lo que me interesa es la actitud, el lenguaje propio y la manera de enfrentarse al proceso creativo.

Dicho esto, es verdad que entre mujeres existe un tipo de reto distinto. No tanto desde la competencia, sino desde la superación. Ver a otras mujeres artistas avanzar, experimentar, equivocarse y volver a construir genera un impulso muy fuerte, casi contagioso. Te coloca frente a un espejo en el que una se pregunta constantemente cómo seguir creciendo, cómo afinar más su voz y cómo no conformarse.

«El arte da voz a las mujeres cuando nace desde la verdad y no desde la obligación de representar algo concreto»

Ese intercambio, aunque muchas veces no sea directo, alimenta mucho mi universo de piezzas. Me interesa observar cómo otras creadoras resuelven problemas similares desde miradas completamente distintas, cómo gestionan los tiempos, la visibilidad o la coherencia con su propio discurso. Todo eso acaba sumándose, de forma muy natural, a mi proceso creativo.

Al final, más que una competencia, lo veo como una red silenciosa de mujeres creando, avanzando y empujándose unas a otras a ir un poco más allá, cada una desde su propio lenguaje.

Tus obras tienen una estética muy cuidada y geométrica, pero cargada de intención. ¿Hay alguna piezza o colección específica en la que hayas volcado una reflexión particular sobre lo que significa ser mujer y artista en el s.XXI?

No hay una piezza o una colección concreta en la que haya planteado de forma explícita una reflexión sobre lo que significa ser mujer. Mi trabajo no nace desde un planteamiento teórico cerrado ni desde la necesidad de reivindicar algo concreto, sino desde un lugar mucho más intuitivo y honesto.

Aun así, es evidente que el hecho de ser mujer atraviesa toda mi obra, porque atraviesa mi manera de mirar, de sentir y de crear. En cada piezza hay una parte muy femenina, aunque no esté formulada como un mensaje directo. Se refleja especialmente en la relación con el color, las tonalidades y los equilibrios cromáticos. Creo que la mirada de una mujer hacia el color puede ser distinta, más sensible a los matices, a las transiciones y a lo que una combinación puede transmitir más allá de lo evidente.

En muchas ocasiones no pienso la obra, juego. Me dejo llevar por el proceso, experimento, pruebo y fallo. Nunca he dejado de ser esa niña que jugaba creando, y sigo trabajando desde ahí. Esa libertad, esa forma de crear sin perder la curiosidad ni el disfrute, también forma parte de mi manera de estar en el mundo como mujer y como artista hoy.

Desde tu experiencia, ¿cómo puede el arte dar voz a las diferentes realidades de las mujeres sin caer en estereotipos?

Creo que el arte da voz a las mujeres cuando nace desde la verdad y no desde la obligación de representar algo concreto. No todas las mujeres vivimos lo mismo, ni sentimos igual, ni tenemos las mismas luchas, y cuando el arte intenta resumirnos en un solo discurso, es cuando aparecen los estereotipos.

Para mí, la clave está en no forzar el mensaje. Cuando una obra se construye desde la experiencia personal, desde la intuición o desde una mirada sincera, ya está hablando de una realidad concreta, sin necesidad de etiquetas. El arte no tiene que explicar ni justificar, simplemente mostrar.

Desde mi trabajo, intento que las piezzas no encasillen, sino que abran. Que sean espacios donde cada historia pueda encajar, sin estereotipos y sin límites.

En solo tres años has colaborado con Netflix y expuesto en galerías y ferias. ¿Qué ha sido lo más difícil de conseguirlo siendo una artista joven?

Lo más difícil ha sido, sin duda, acceder. Muchas veces siento que las puertas están cerradas y que abrirlas requiere un esfuerzo enorme. El mundo del arte puede ser muy hermético: quienes ya están consolidados suelen permanecer ahí, y no siempre existe una apertura real hacia nuevas voces o nuevas propuestas. En muchos momentos se avanza casi a ciegas, sin saber muy bien por dónde entrar ni quién está dispuesto a mirar.

Como artista joven, esa sensación de caminar con los ojos cerrados es bastante constante. Hay mucho trabajo detrás que no siempre se ve, muchos intentos, muchos silencios y muchas puertas que no se abren. Aun así, de vez en cuando aparecen pequeños destellos, pequeñas grietas por las que entra la luz, y eso es lo que te anima a seguir.

Esos momentos, esas oportunidades que surgen poco a poco, confirman que la constancia, la coherencia y creer en tu propio lenguaje terminan encontrando su espacio. No es un camino rápido ni sencillo, pero cada paso, por pequeño que sea, acaba teniendo sentido.

Si tuvieras que diseñar una piezza que representara el futuro de la igualdad, ¿qué colores, formas o elementos no podrían faltar en esa composición?

Sería un puzle formado por varias piezzas unidas entre sí, donde ninguna pudiera existir de manera completa sin las demás. Cada fragmento tendría su propia forma, su propio color y su propio material, pero solo al unirse cobrarían sentido como conjunto. Para mí, el futuro de la igualdad pasa precisamente por ahí: por la necesidad mutua, por entender que todas las partes son imprescindibles.

La piezza estaría llena de color, de contrastes y de matices, reflejando la diversidad real, y construida con materiales distintos que conviven y se equilibran entre sí. No habría una pieza principal ni una jerarquía clara; todas serían necesarias para completar la obra.

De alguna manera, sería una extensión natural del concepto de ALOA: la unión, el encaje y la idea de que lo diferente no solo puede convivir, sino que se necesita para construir algo completo.

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