La amistad y la palabra
Enrique Silveira
Lo siento, lector. Lamento haber inundado mi anterior escrito de siglas, reflexiones y corolarios que, sin duda, te habrán conducido a un placentero duermevela. Para compensarte, he aquí dos anécdotas ejemplificadoras de la rápida evolución de nuestro sistema educativo: Por sus frutos los conoceréis.
Corrían los setenta. Franco acababa de morir y, sin quererlo, nos había convertido en hijos de la Transición, es decir, adolescentes con muchas ganas de cambios, de aventuras, de novedades que podían limpiar las telarañas heredadas. En los colegios imperaba la auctoritas, de manera que para casi todos los profesores imponer el orden en sus aulas era un juego de niños. Los instrumentos a su alcance eran tan variados como contundentes y a fe que los usaban con profusión, sin las vacilaciones que ahora suscitan las innumerables normas que encorsetan al docente.
Aquel día inaugurábamos el nuevo vestuario, a la sazón un viejo almacén reconstruido que nos pareció el colmo de la modernidad. Nos lo anunció la profesora más respetada y al tiempo más temida —entonces ambas cosas eran compatibles— porque se ponía fin a una costumbre, el cambiarnos en el aula para la clase de Gimnasia, que produce un hedor difícil de soportar para personas aseadas. La intempestiva docente lo solucionaba rociándonos con un ambientador gigante que manejaba como si fuera un extintor y abriendo las ventanas aunque el frío arreciara.
Cuando entramos en el vestuario supimos que el mundo estaba cambiando; los bancos, pegados a la pared, circundaban el perímetro y sobre ellos podíamos depositar nuestra ropa en las correspondientes perchas. El colofón era un túnel de duchas en el que podíamos asearnos tras el ejercicio. Un lujo al alcance de pocos, pura civilización.
Mi error consistió en probar esa instalación precipitadamente: abrí uno de los grifos y comprobé que el agua fluía generosa, después lo cerré sin poder evitar que algo de agua quedara en el sumidero. Craso error. En eso entró un profe y con rapidez percibió la humedad. Preguntó sin dilación quién se había atrevido y respondí con tranquilidad pues no tenía conciencia de haber cometido falta alguna. Siguió interpelando el docente y quiso saber por qué lo había hecho; obtuvo una candorosa respuesta: Para ver cómo funciona. La réplica fue inmediata; tras un pues mira como funciona mi mano, recibí una bofetada que me sentó en el banco. La verdad es que el hecho causó enorme sorpresa porque todos estábamos muy avezados en esas peripecias y sabíamos cuándo podía esperarse tal desenlace —algunos que recibían a menudo habían desarrollado técnicas pugilísticas para evitar el castigo—, pero nadie supuso que un hecho sin trascendencia deviniera en punible y con mandoble añadido.
No, lector, no comenté nada en casa ese día, aunque me dolió, bien es cierto. Tampoco, lector, hube de acudir con urgencia al sicólogo para que la cachetada no se convirtiera en mortificante trauma hasta los confines de mi existencia. Al día siguiente acudí de nuevo al colegio y me cuidé de no abrir grifos si no recibía la pertinente orden de la superioridad.
Lo bueno, lector, es que esta historia acaba bien. Años después, ya profesor, coincidí con aquel docente de impulsivas reacciones y aprendí a apreciarlo, de tal manera que ahora tengo el honor de considerarlo un amigo y disfruto de su bonhomía. En nuestro último encuentro hemos comentado que la inefable IA castiga el episodio con responsabilidades penales; sin embargo, mientras compartíamos una cerveza, lo recordamos sin rencores ni aspavientos y no pudimos contener la risa. Eran otros tiempos.
Muchos tiempo después, ya con unos años de experiencia como profesor, fui protagonista obligado de una anécdota con similares elementos. Esa mañana acudí a la sala de profesores tras el recreo y percibí un revuelo poco habitual. Pregunté y una solícita compañera me explicó; una alumna de cuarto de ESO, con hechuras de mujer y arrebatado carácter, había discutido con un compañero. No se conocía aún la ofensa, pero la citada alumna no se había contenido lo más mínimo y —no quedó claro si fue un gancho o un uppercut— había tumbado al compañero sobre el áspero suelo del patio. El golpe lo dejó algo atontado, pero lo peor fue aguantar las chanzas de los compañeros. La profesora de guardia, que en esa época los patios ya estaban perfectamente custodiados y no regía la ley de la jungla, intervino de inmediato y exigió responsabilidades.
Al día siguiente, en la clase de la nueva revelación del pugilato, no me contuve y bromeé con ella: la llamé Tyson, en honor al apodado Terror del Bronx, en vez de usar su nombre y la broma cuajó. Hay que destacar que los profesores lo tenemos francamente difícil para bromear en el aula; a las dificultades propias de la broma en sí, que ha de ser entendida y compartida —so pena de no causar risa alguna y caer en el ridículo— se suma la interminable lista de remilgos y susceptibilidades que la sociedad ha considerado como materia ofensiva y debes soslayar para evitar generar traumas que arruinen la vida de tus alumnos.
La alumna en cuestión no dio muestras de que la chanza la ofendiera, así que la utilicé alguna otra vez antes de que cayera en desuso. Pocos días después me convocó su madre a una tutoría urgente. La atendí sin saber muy bien cuál era el problema. Lo supe enseguida; enfadadísima me espetó que había llamado a su hija como un violador y esa era una ofensa inaceptable. Recordé de inmediato que Mike Tyson, en efecto, había sido condenado por violación, pero tuve dificultades para que la enfurecida madre entendiera que no era esa la imagen que se proyectaba de mis comentarios, sino su larga y exitosa carrera que le llevó a proclamarse varias veces Campeón del Mundo de los pesos pesados. Pedí disculpas aun sin entender el equívoco. Puedes imaginar, lector, que mi carrera como humorista en el aula declinó con rapidez, no fuera a ser que en el pertinente juzgado se me hiciera responsable eterno de los insuperables complejos que provoqué en mis alumnos.
No defenderé nunca una bofetada como recurso pedagógico; tampoco que los padres envolvamos a nuestros hijos con celofán, no sea que se contaminen. Entre medias hay muchas estrategias que se pueden elegir: si en ellas, aparte del amor filial, predomina el sentido común, mejor.





























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