José Cercas
Sentado a la orilla del río, espero que amanezca. No tengo prisa. Hay lugares donde mirar el reloj parece casi una descortesía. La luz comienza tímidamente a despuntar detrás de las encinas y deja tonos dorados y ocres sobre las ramas de los árboles.
Pasa la vida como pasa el agua de este arroyo: limpia y leve, acompañada por el gorjeo de los pájaros que despiertan bajo el albor de la dehesa.
Quizá hemos olvidado la antigua costumbre de sentarnos a mirar. Mirar solamente. Sin esperar que suceda nada extraordinario. Porque aquí lo extraordinario ocurre sin anunciarse: nace la mañana, se mueve una rama, cruza un pájaro, el agua tropieza con una piedra y continúa.
Si te escondes un poco, verás latir el bosque y llegar a las pozas los ganados y los animales salvajes. Oirás rugir la espuma de los torrentes y contemplarás las hojas del otoño navegando de orilla a orilla en un vals lento y diferente. Nadie dirige esta pequeña orquesta. El campo conoce desde antiguo una música que nosotros, aturdidos por otros ruidos, apenas alcanzamos ya a escuchar.
A mi izquierda, el puente antiguo resiste los ímpetus primaverales de la naturaleza. Lo miro y pienso en cuántos ojos habrán contemplado antes estas mismas aguas. Cuántas personas habrán cruzado sobre sus piedras camino del trabajo, de alguna finca, del pueblo o de un lugar cuyo nombre quizá ya nadie recuerda.
Los puentes tienen algo de memoria: unen dos orillas, pero también dos tiempos.
Hacen cola las gotas de rocío; también los lirios del remanso y las lágrimas lentas que se deslizan, vivaces, hacia la ribera. Los tiernos jabatos tienen frío. La madre los amamanta.
Durante unos instantes no existe nada más.
Ni las noticias, ni el ruido de las ciudades, ni esa urgencia que hemos convertido en una manera de vivir. Solamente una madre alimentando a sus crías junto al agua.
Y pienso que quizá la vida fue siempre algo parecido a esto.
Pasan las horas.
El sol asciende sobre la dehesa y después comienza lentamente a declinar. Las sombras cambian de sitio. También nosotros cambiamos sin advertirlo. Creemos permanecer quietos, pero cada minuto nos desplaza un poco hacia otra parte.
El río lo sabe.
Tal vez por eso nunca se detiene.
Los pájaros posan sus alas junto al arroyuelo y beben las últimas luces de la tarde antes de volver a los nidos. Trinan cansados y se entregan a la noche necesaria. Sobre la dehesa, las primeras estrellas abren pequeños agujeros de luz y la oscuridad se acuesta lentamente sobre el campo.
Entonces comprendo que he permanecido todo un día junto al agua y, sin embargo, nada ha permanecido.
Ya no existe la luz de aquella mañana. Tampoco la primera sombra de las encinas. Las hojas siguieron navegando, los animales regresaron al monte y los pájaros buscan ahora el refugio de sus nidos.
Nosotros hacemos algo parecido.
Vamos dejando detrás mañanas, caminos, personas, casas, palabras. Algunas permanecen mucho tiempo en la memoria; otras desaparecen como un pequeño remolino después de tropezar contra una piedra.
Y continuamos.
Quizá vivir consista en eso: avanzar sin perder del todo las orillas de las que venimos.
Mañana será otro día.
Volverá la luz detrás de las encinas. Los pájaros repetirán su antiguo oficio. Algún animal bajará nuevamente hasta las pozas. El puente seguirá esperando sobre las aguas y alguien, quizá, se sentará en esta misma orilla y creerá durante unos instantes que el tiempo se ha detenido.
Pero el agua continuará pasando.
Como esta mañana.
Como nosotros.
Y, mientras tanto, el río sigue su camino.





























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