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La amistad y la palabra /
Enrique Silveira

En muchas ocasiones el ser humano evita, por temor, conmiseración o torpeza, las palabras que mejor definen una situación. Se buscan entonces expresiones, giros, que vistos con objetividad lindan con el absurdo y, devueltos al presente por la memoria, nos sumen en el más profundo de los descorazonamientos al comprobar que fuimos nosotros los protagonistas de tales afirmaciones. Son demasiadas las veces en las que estos engendros aparecen de repente, pero abundan en el irremediable embrollo que se forma cuando llega el desamor, ya sea este para liberarnos de lo que se ha convertido en una carga o para hacernos sufrir como casi nada consigue hacerlo.

Hasta aquí todo entra en el terreno de lo correcto, pero ¿y si hubiéramos utilizado la expresión más exacta en esos instantes?, ¿y si en vez de la tan habitual hipocresía dijéramos las cosas como mejor se entienden?, ¿no ahorraríamos equívocos, malentendidos y dilaciones que no llevan más que al enquistamiento de lo inexorable?

Claro, decir “he dejado de quererte” sin preámbulos ni cataplasmas es propio de los más arrojados, esos que se lanzan al vacío a sabiendas de que no hay red o que, de repente, han sufrido el desecamiento de su espíritu hasta el punto de no experimentar el menor atisbo de piedad ante el dolor ajeno. Pocos hay de tales estirpes, así que probablemente nos encontremos en el más numeroso grupo acostumbrado a marear tanto la perdiz que al final no sabes si has decidido tú, han decidido por ti y, por supuesto, no adivinas si esas decisiones serán beneficiosas o perjudiciales en un futuro próximo.

Suele empezar con un “tenemos que hablar”, como si acabáramos de encontrar una lengua común (ya hablábamos antes ¿no?). Tras ello, la primera andanada de reclamaciones, que no son una novedad, “últimamente no hacemos más que discutir”; “te miro y no te reconozco, ya no eres el que me enamoró perdidamente”, lo que indica que el tiempo solo ha pasado para uno de los dos, aunque las evidencias demuestren otra cosa. En estas, aflora el primer indicio de misericordia “hemos pasado buenos momentos juntos, pero…” La conjunción preludia el cataclismo siguiente, que no tarda en aparecer “esta relación nuestra me asfixia: me falta espacio, apenas puedo respirar”. Balbuceas, recordando cuántas veces te has encontrado algo solo, porque tu pareja necesitaba relacionarse con amigos que no eran compatibles contigo (¿qué hacía yo tan mal que la avergonzase?). “Realmente me gustas mucho, si tomaras alguna vez la iniciativa…” y aquí llega el primer rayo de luz a la mente hasta ese instante conmocionada, así que sin más tardanza surge la pregunta que parece no encajar, pero resulta inexcusable: “Tu nuevo amor tendrá nombre, supongo…”

Es la ira la que asoma sin continencia, el furibundo contraataque no tiene visos de dejar prisioneros. “¿Por qué siempre piensas en lo mismo? El amor hay que cultivarlo y tú llevas mucho tiempo sin apercibirte de ello. Yo no puedo hacerlo todo…” Esta vez su alocución carece de tonos pastel, más bien se reconoce en ella al sargento que se ha perdido el ejército. Se muestra arrolladora, impetuosa, incontenible…

“¿Dónde os conocisteis?” No hay vuelta atrás. No existe la posibilidad de rendirse. No caben disculpas y la carne está sobre las brasas. Enmudece, eso prueba mis sospechas. No se puede reconocer una infidelidad vociferando.

“Podíamos seguir siendo amigos…” Triste colofón, aunque hace rato que lo esperaba. La pedrea. Me ofrece el premio de consolación. Quiere que sea el finalista del que nadie se acuerda, pero que ha jugado los mismos partidos que el campeón y que tiene rotos el corazón y las extremidades. El poeta latino Ovidio dijo que ofrecer amistad al que pide amor es como dar pan al que muere de sed.

Solo me queda aprender a no gastar el tiempo en alguien que seguramente empieza a olvidar que existes. Y que me hubiera conformado con un “ya no te quiero” que, aunque lacónico y cruel, se mastica mucho mejor.


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