c.q.d.
Felipe Fernández

Cuando la incompetente Primera Ministra de la “Pérfida Albión” ha decidido destinar una Secretaria de Estado a tal asunto es que la cosa debe de estar fatal. Las informaciones al respecto son –reconozcámoslo- alarmantes, sobre todo para un país como Gran Bretaña en el que la tradicional costumbre de evitar la propiedad horizontal conlleva un inevitable aislamiento personal, por otra parte, tan propio de su carácter. Así las cosas, el gobierno de su Majestad se ha puesto manos a la obra para velar por los intereses de sus ciudadanos que, dada la franja de edad y los números que se exhiben, apabulla al más pintado. Como los españoles somos tan refraneros, hemos recordado rápidamente el que se refiere a “las barbas de tu vecino” y nos hemos planteado, quizá por primera vez en serio, si esa situación podría llegar a ser considerable -a lo peor ya lo es- en nuestro entorno. Es verdad que la consistencia familiar en nuestro país es envidiable, que el arraigo de la gente en nuestros pueblos provoca una generosidad inagotable y que la solidaridad del paisano ha sido puesta a prueba con éxito en numerosas ocasiones. Pero también es cierto que la vida moderna está cambiando las costumbres, y que las prisas, la legítima

Es una decisión difícil, muy difícil, como casi todas las que se debaten entre la razón y el sentimiento

ambición laboral y personal y las brechas generacionales provocan, cada vez más, que personas mayores se encuentren solas y desatendidas. Por eso, en vista de las distintas situaciones que se van sucediendo, muchos de nosotros, en su momento, optamos por utilizar instituciones en las que nuestros mayores pudieran estar debidamente atendidos desde todos los puntos de vista. Puedo asegurarle que es una decisión difícil, muy difícil, como casi todas las que se debaten entre la razón y el sentimiento, como todas las que se exponen a consejos gratuitos no pedidos. Al fin y al cabo, cuando esto sucede, todos sabemos que es la última etapa en el camino y, aunque el protagonista la disfrute serenamente y promueva inquietudes y objetivos para cada día, la sensación que se instala en el que decide está más cerca del desasosiego que de la tranquilidad. Pero no se engañe, los años pasan tan rápido que, en un abrir y cerrar de ojos, le corresponderá a usted -¿o a sus hijos?– tomar decisiones al respecto. Prepárese para desmenuzar trípticos y revisar cartelería como si de la compra de una vivienda se tratara; lea concienzudamente toda la información y, cuando tenga la decisión tomada, no se demore: ¡la competencia es feroz!


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