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Viajes

 

c. q. d. /
Felipe Fernández

Si tiene usted curiosidad por conocer mundo, debería darse cierta prisa. Y no solo por la amenaza de levantar muros, cerrar puertas o exigir pureza de sangre, sino también por la creciente saturación de los lugares turísticos. Es un hecho constatable que la competencia entre las compañías aéreas, –un éxito más del libre mercado-, ha supuesto un considerable abaratamiento de los viajes y, por lo tanto, el acceso al turismo internacional de una parte de la sociedad que antes no podía permitirse determinados destinos. Así que, una vez superada la difícil barrera del presupuesto, muchas familias se aventuran a satisfacer sus ilusiones, aun a sabiendas de la dificultad de cumplir las expectativas. Y es que unas veces la literatura, otras el cine, en ocasiones los relatos de otros viajeros, nos hacen idealizar objetivos que no siempre se cumplen, y si no, que se lo pregunten a los sufridores del “Síndrome de París”. De cualquier manera, si usted decide darse una vuelta por ahí, mantenga alerta los sentidos, porque la cantidad de sensaciones, sonidos y olores nuevos que podrá percibir, ya le serán familiares en adelante. Y dentro de esos paisajes por conocer, me permito recomendarle especial atención para los aeropuertos, verdaderas ciudades de la modernidad arquitectónica, en las que el acero, el cristal, los largos pasillos, las lujosas tiendas siempre vacías y el trato impersonal, nos recuerdan cada vez más a las pelis del futuro. No obstante, como todos los lugares por los que pasa mucha gente, los aeropuertos son una fuente inagotable de imágenes, de situaciones cotidianas, de padres discutiendo con hijos, de hijos exigiendo a sus padres, de nervios a flor de piel, -somos muchos los que tenemos más que respeto por los aviones-, de lectores enfrascados en sus libros para no pensar en otra cosa, y de órdenes rutinarias en idiomas creados para hablar con los caballos. Si es usted curioso y le gusta mirar los comportamientos humanos, encontrará en estos lugares un auténtico filón para satisfacer su curiosidad. Y fue así, en ese momento, cuando mi hija mayor y yo vimos a aquel niño rubio de cuatro o cinco años empeñado en subirse en una pequeña maleta azul con ruedas. El primer intento fracasó sin daños, pero con un ruido seco amplificado por la altura del techo de la sala; el chico miró expectante al padre que le devolvió una sonrisa tierna pero admonitoria. El segundo intento tuvo éxito y consiguió rodar unos metros subido encima de la maleta, alegría interrumpida bruscamente por una voz metálica y átona que anunció el comienzo del embarque. Mientras nos levantábamos para hacer la cola, mi hija me miró sonriendo y supe con total certeza que el niño rubio realmente había existido.

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