Hace poco hablaba comentaba socarronamente con un amigo la abismal diferencia entre viajar con niños o sin ellos. Es lo que tiene ser dueño de tu tiempo o tener una agenda marcada por esos seres entrañables y agotadores que miran bajito pero apuntan alto. Cuando uno goza de soltería extrema o pareja sin descendencia, el tiempo parece alargarse hasta rozar el ocaso del infinito con el segundero de los días compasivos. Uno encuentra poesía en un gin tonic al atardecer, un buen libro mientras la brisa refresca los pies o un despertar abusador más allá del mediodía. Todo con la pausa que precede a la tempestad de lo habitual, de los saludos protocolarios, de los viejos conocidos de otoño.

Con niños la adaptación es otra por mucho que venga del mismo guión original. Para empezar, las maletas. Salen cachivaches por todas partes. Instrumentos que llevan el maletero al borde de la rendición. Da igual que tengas miles de litros. Lo llenarás. Los horarios. Los niños no entienden que en verano se respira de forma distinta. Ellos conquistan lugares y siguen con sus rutinas despiadadas. Quieren moverse, despertarse temprano, ir a la playa o al campo, coger conchas, saltar en las camas elásticas, piscina, más playa… una suerte de sucesión de actividades que llevan a los padres a pensar en esa oficina desierta donde puedan regresar a lamerse las heridas.

Es conmovedor recordar los veranos de antaño.

Unas vacaciones para descansar de las vacaciones.

Es conmovedor recordar los veranos de antaño. Tirar de los recordatorios de facebook y pensar que hubo un tiempo en el que te daban igual los horarios de comida, el momento de irse a la cama o las farmacias de guardia. Hubo un tiempo no muy lejano —aunque nos lo parezca— que el cuerpo era solo ese elemento arrojadizo que dejábamos caer sin piedad a sofás descacharrados o esponjosas toallas sin pudor alguno.

Dicen que volverán aquellos tiempos sin la efervescencia juvenil pero con el quietud de la madurez. Y que entonces nos vengaremos. Justo cuando nuestros niños cambien las palas y los cubos por el botellón. No nos desperemos en mitad de la noche para enchufar otro biberón que alargue unas horas más el sueño; entonces nos incorporaremos del frágil sueño cuando suene la puerta de la entrada y los volvamos a tener en esa casa que nunca más se podrá reconciliar con el silencio.

Nos hemos convertido en yonkis del bullicio.

Feliz vuelta a la rutina.

Cánovers / Conrado Gómez


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