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Una jornada trágica

Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

Todo el día por Barcelona, de fiesta, y acabar esposado ante un juez de guardia por un asesinato que no conducirá a nada, aunque momentos antes de cometerlo él pensara que sí, que sí iba a valer la pena. “Si lo mato, con los años, ella, que es tan magnánima y generosa, me perdonará y yo seré su único amor”, pensó; se levantó, le pidió a su hermano la bayoneta comprada en Casa Fabregat (“antigüedades selectas”), y justo, justo en el mismo instante en el que el hierro se hundía en el cuello de su “adversario” y ver la cara (una perfecta mezcla de sorpresa y pavor) no ya de este, que iba a morir, sino de ella (aterrorizada), comprendió que todo, todo acababa.

Llamó por el móvil a los Mozos de Escuadra, llegaron, “he sido yo, con esto”; se identificó, Kiril Dobrushkin, “dinamitero anarquista”, les hubiera podido decir, pero allí nadie estaba de broma, y puso las manos a la espalda. Cuando las calles pasaban llenas de luces ante él, en el coche policial, recitó parte del Soneto 116 de William Shakespeare, <<… el amor se afianza incluso hasta en el borde del abismo, / si esto no es así yo nunca nada escribí / ni nadie nunca amó>>.

Itinerario de la trágica jornada: salida por la mañana del hotel (Colón, frente a la Catedral de la Santa Cruz) y desayunar en una especie de bistrò (y es que los catalanes, cuando quieren, son muy franceses, je, je), Brunch&Cake, en el Ensanche Izquierdo (Eixample Esquerra); paseo por el puerto, por el de las mercancías y los transportes, las grúas, los containers (“quién fuera heredero de los Maersk”, dijeron) y los hangares, y es que la patria, al final, son tres lugares de la infancia, si acaso cuatro personas, y un par de buenas canciones; ida hasta Los Encantes, brujulear por allí, hacerse con un cómic pintado por Palacios de Robin Hood, “Robin de Locksley, el hijo del panadero”, y tomarse un “negroni” en el Mirall Dels Encants atendidos por un chaval que apuntaba muchas, pero que muchas buenas maneras de gran barman; más tarde al Born, pero al que no van los yeyés (“más ocupación y menos hipsters”, rezaba una pintada), y encima de una cuba de vino comerse unos tigres, unos escargots (caracoles) y unos riñones al cava, y venga, y venga, y venga vermuts “con un chorrito, generoso, que no abundante, de ginebra, Gordons, sis plau”; de sobremesa al Fuster (pero no dentro, que huele a humedad, sino a la recién inaugurada terraza, entre Gracia y Gran de Gracia, barcelonesas calles), a por unos maltas, Lagavulin, por supuesto; después, para bajar un poquito el tono, pasear por el Chino, obviando, lógico, la marea humana de La Rambla, y hacer tiempo en la Llibreria Gibernau (“¡joder, tú, tienen una edición de Gallimar de las Geografías de Plinio el Viejo!”); entrar en el anticuario y comprar la bayoneta francesa (guerra franco-prusiana 1870-1872); y antes de perderse en el Barrio de Gracia, en la Plaza del Sol, donde ocurrió “la cosa” (de repente, por la calle Maspons aparecer ella, y su pareja, y unos amigos, y entonces levantarse él del poyete en el que está cantando chacareras con unos argentinos, pedirle la bayoneta a su hermano, ir hacia el grupo, y sin más, y sin menos, meter, por la ventanilla supraesternal del “adversario”, el arma), ir al Liceu a escuchar/ver un concierto solo, solo, dedicado a Shostakóvich, el sufriente.

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