silencio-3424

Historias de Plutón /
José A. Secas

No encuentro la inspiración definitiva y clara que me haga tirar de un hilo que me lleve a hablar de algo medianamente coherente o sustancioso. Solo apoyan mi empuje como narrador u observador, retazos de noticias, vivencias imprecisas, reflexiones inmaduras o recuerdos vagos; pero nada. No consigo hacer de alguno de ellos un motivo para escribir. Esto se llama confusión, sobreexposición a los estímulos, saturación de motivos insuficientes o, simplemente, falta momentánea de lucidez. Es una situación que, sin dejar de ser decepcionante y a todas luces escasa para sacar adelante una columna, colaboración literaria, artículo de opinión o como queráis llamar a este montón de letras, palabras y frases; es, al menos, un recurso en sí mismo (curiosamente). A la vista está.

No siempre tenemos (ni hemos de tener) claro nuestro discurso, no siempre hemos de manifestarnos, mantener una postura u opinión ante algo, decantarnos por uno u otro bando, apoyar o enfrentarnos a corrientes, personas, análisis o hechos. No es necesario ni mucho menos conveniente, tener que tomar partido o dejar tu impronta o tu sello personal o prejuzgado, independiente o manipulado, inspirado o influido. No necesitamos hablar por obligación o por hablar. El silencio, la mayoría de las veces, es el mejor aliado. Yo ahora, no puedo (pero me encantaría).

Al menos, en esta ocasión, en la que una noticia escabrosa, truculenta y violenta ha alterado mi calma, una anécdota tan sustanciosa como trivial me ha hecho detener la carrera de la vida y pararme a mirarla con perspectiva, una obligada toma de consciencia sobre mi estado, sobre mis deberes y sobre mis justificaciones para no afrontarlos, me da pistas sobre mi errabundo comportamiento (incoherente a veces, contradictorio por momentos), una mirada al pasado me ha hecho sentir que la sabiduría acompaña, injustamente, a la vejez, de igual manera que la necedad y la estupidez no conoce fronteras ni tienen edad; en esta ocasión -decía- en la que toda la inspiración se mezcla y se contamina y la mente no pone el foco en nada, porque no procede, no interesa, no apetece o no viene a cuento; al menos aún me quedan ganas de contaros que no tengo nada que contar y que el hecho de pararme a pensarlo me está sirviendo para darme cuenta de lo limitadito que soy. Esto me sirve de terapia -algo bueno que sacar- y, definitivamente, como cura de humildad (que buena falta me hace).


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