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Un pequeño incidente

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Reflexiones de un tenor /
Alonso Torres

Vi al tipo cuando yo salía del concierto (Requiem alemán de Brahms y Sinfonía nº 2, “Resurrección”, de Mahler; jeje, primero un hecho luctuoso y luego un imposible, el programador es un cachondo, seguro); le perseguí por el largo pasillo curvo, negro y alto, elegante, y a la vez funcional, que conduce desde la Primera Sala De Conciertos De La República hasta la portada que imita, en oro macizo (veleidades de nuevos ricos), a la de la basílica de Vézelay. Le trinqué por el cuello sin contemplaciones, y dándole la vuelta pregunté de muy malas formas, “¿qué pasó el otro día en el Mar de Poniente, campeón?”. Se desasió y corrió, pero al llegar al claustro de Las Ocas, traído piedra a piedra desde la catedral de Barcelona antes de que el mundo desapareciese (el Sol perdió su propia órbita y abandonó nuestra galaxia; afortunadamente los científicos lo previeron con siglos de antelación y se pudieron construir “Tierras” que se lanzaron al Espacio Exterior; muchas siguen buscando órbitas estables), le volví a trincar. Tenía el colega, además, en una de sus manos, una barra de Metal Vivo. Le desarmé y le llevé a la policía, pero a mí me llamaron a Capítulo Militar.

Aquella mañana, la del incidente, después de visitar al sastre de “trajes polivalentes sin motor, tierra-mar-aire”, salí junto a mi camarada Julián a probar las nuevas condiciones de pilotaje. La vestidura se adaptaba a la perfección y era veloz y manejable (además de portar tres kits: salvamento, trabajos varios y de combate; esa jornada salimos solo con las dos primeras equipaciones), y entonces pasó: detrás de nosotros se situó un “robot de vuelo de combate pilotado a distancia por nave nodriza” y nos estuvo acosando (hubo algún que otro disparo calibre 50 BMG) hasta que nos adentramos muchas millas en el Mar de Poniente (que es un remedo, en Secundo Terra VIª, del Océano Pacífico). Descubrimos la nodriza por casualidad (una ola se levantó más de la cuenta), y mi compañero y yo nos lanzamos a por ella. Sacamos la nave (una de las características de nuestros trajes polivalentes son las facultades que otorgan a quien los porta), era un cubo perfecto de obsidiana de una milla por cada uno de sus lados, y dentro, el colega al que trinqué.

Espero a uno de los Jefes Mayores de la Liga Universal en la antesala de su despacho (idéntico al del coronel de la película “De aquí a la eternidad”). Entra por una puerta disimulada en la pared, “¿usted es quién detuvo ilegalmente a Fausto Mann?”. No me deja ni tan siquiera contestar, “ya, ya lo sé, le vio en alta mar pilotar una nodriza y con un arma en El Interior, ¿no es así?”, tampoco me deja decir nada ahora, “tiene que olvidar el asunto. Será usted relegado a tráfico sanitario con El Exterior. Eso es todo”. Y cuando parece que ha terminado, mirándome, no lo había hecho hasta entonces, dice, “hay cosas que no se pueden entender, y hay otras que no se pueden compartir, y esta situación corresponde a ambas. Es usted un buen hombre y un excelente soldado, pero por muy necesario que nos sea, podría ser eliminado en aras de la seguridad de la Humanidad”.

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