Reflexiones de un tenor
Alonso Torres

Es cierto, hay otro río que me gusta (¿más?) por lo que significa para la civilización (Harappa y Mohenjo-Daro, las primeras ciudades-estado que surgieron en la Edad del Bronce y que estuvieron dale que te pego entre el 3000 y el 1300 a.C), el Indo, pero el Marañón es algo grande para mí. La primera vez que oí ese nombre me dije (yo, que no creo en nada), “esa es mi casa, si alguna vez existí en otra época, allí estuve”, jeje, pero no en plan nativo kukama, no, sinoooooo, sino ¡eso!, don Ildefonso con cruz y arcabuz, y sí, seguramente allí hubiérame quedado, no sé si asaeteado a manos de los indios, o extasiado y desafecto para con la lejana corona. El Marañón y el Ucayali, en su juntura, forman el Amazonas (¡ahí queda eso!).

El peor enemigo es el miedo

El catamarán surca unas aguas profundas y oscuras, pero esa oscuridad, en el color (marrón), es sinónimo de vida. Me tiro desde la borda, de pie, con ganas de emerger cuanto antes, imagino diabólicas pirañas y mitológicas anacondas, pero desde el barco, riéndose, me tranquilizan, “no te preocupes, jodido colón, las bichas no atacan en lo hondo, y esos peces no están en esta parte; nada y disfruta”. Lo intento, y por un momento me olvido de cualquier peligro (real o imaginario; el peor enemigo es el miedo). El agua es fresca, mis manotazos levantan espuma blanca y hunden transparentes burbujas; a los lados, la fronda, verde, infranqueable, húmeda, oscura, vital, creo que me ignora; cantan los pájaros con un lenguaje milenario, y alguien, cuando arribemos en el diminuto y siempre provisional puerto de Barbarita, dirá, “vi, cuando te bañabas, un manatí, era rosa”.

En Nauta, en una de las calles del centro (con el piso de tierra) donde estamos intentando alquilar un coche, hay todo un ejército de carritos de comida: empanadillas, dulces de merey, caldo de curito, chugüiro, tapado de pescado, elote asado, sancocho, arepas, y en el aire un humo agresivo; la música, en esa vía principal, es una loca (y maravillosa) miscelánea que sale de los coches, de los locales, de las radios que llevan colgadas de los hombros las pandillas de muchachos y muchachas; lo mismo se escucha zamacuca que rock, son de diablo que rap, rancheras mexicanas que chicha, polka que landó. Comienzo a bailar con ella (lleva una cazadora vaquera con flores bordadas y una niña en brazos), no nos decimos nada, solo movemos nuestros cuerpos (creo que) acompasadamente (ella mucho más) y sonreímos. Hoy es un muy buen día, me he zambullido en el Marañón y no he sido devorado ni por pirañas, ni por anacondas, ni por dragones.


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