Mi ojito derecho /
CLORINDA POWERS

Pobre Gallardón. Él allí, en su tribuna, y ellas allá, en la grada. Él, correctamente vestido. Ellas, correctamente desnudas. Sin embargo, una de las dos partes se encontraba fuera de lugar. Opiniones hay muchas. Pero la que voy a dar yo aquí es la mía, que para eso me represento única y exclusivamente a mí misma: señor Gallardón, debería tener usted más cuidado con las suyas, que para eso representa a unas cuantas opiniones además de la mía.

El aborto. Hay que ver cómo se les llena la boca a los hombres al hablar del aborto. Y cuánta vehemencia en sus palabras, en sus gestos y en sus leyes. Llegados a este punto, voy a hacer una concesión a la derecha más reaccionaria y, parafraseando al ex presidente Aznar y su más que famoso “a mí nadie me dice lo que puedo o no puedo beber” (en relación al máximo de alcohol en sangre permitido para la conducción), diré yo también que “a mí nadie me dice lo que puedo o no puedo hacer con mi cuerpo”. Y menos, un hombre.

Ningún hombre por muy leído, empático, amable, rico, poderoso, comprensivo, feminista, correcto, humilde, razonable o apasionado que sea, debería tener derecho a impedirme elegir. En este caso, también me opondría a las directrices de una mujer, más específicamente, a las de la madre de Gallardón. Esa señora tiene toda la culpa de la ley del aborto que quiere imponer su hijo. Y no, no por haber dado a luz a semejante intolerante, si no por haberle enseñado que su ley debe ser mi ley, que su ideario debe ser mi decálogo, que su religión debe ser mi guía, y que su elección debe ser mi condena. Si alguien se encontraba fuera de lugar en aquella escena políticamente incorrecta, no eran los tres pares de pechos pintados. Era usted, señor Gallardón, al que sorprendimos desnudo. Así que abríguese, que se le ve el plumero.


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